“Si tu enemigo huye, atácale por la espalda hasta el exterminio total. Y luego, usa los cuerpos para abonar el jardín”. (Teorema wryntiano)Para una persona como yo, que se había pasado la mayor parte de sus cuarenta años de vida en un pueblo moribundo (en invierno, ya no quedaban más que dos viejecillos incombustibles, y los fantasmas de cientos de años de historia), el contraste con La Capital no podía ser mayor. Por eso, recién llegado a Madrid en abril de 2015, con una vaga promesa de trabajo en un invernadero y la típica carta de recomendación del cura y del alcalde, pues hay cosas que no han cambiado mucho en los últimos años (al menos, no en mi pueblo), solamente tenía dos objetivos: conseguir un alojamiento a precio módico (me habían hablado favorablemente de la "Pensión La Lola", en la zona de Suances), y llegar lo antes posible a mi nuevo trabajo... Vale, es posible que fuera un sueño un poco infantil, pero después de tanto tiempo trabajando el campo de otros, con las mismas lechugas, tomates, pimientos, pepinos, calabacines, escarolas, repollos... me apetecía mucho hacer algo distinto, aprender sobre plantas, bulbos, exposición al sol o a la sombra...
Pero la mayor impresión fue, sin duda alguna, el llegar a la estación de Avenida de América... Si los campos que ibamos dejando atrás se pudieran definir de alguna manera, bastaría una palabra: funcionales. Agrupados en perfectas hileras, los cultivos, sobre todo el maíz transgénico y los girasoles, no dejaban ningún lugar a la imaginación, ni tan siquiera a la Madre Naturaleza. Por eso, no me extrañó demasiado ver cómo una cuadrilla de operarios con sogas y tractores desenraizaba una encina centenaria, posiblemente para que no rompiera la funcionalidad del campo... En los ojos de mi compañero de viaje, Marcial, un agricultor "de los de toda la vida", que venía a Madrid cada seis meses para revisarse la próstata, yo podía leer que algo no iba bien...
"Esa encima, me dijo, la conozco desde que nací... Cuentan que fue antes de la guerra civil, pero no esta, sino la de Napoleón, cuando la plantaron... Y ahora, cuando estaba tan tranquila, en medio del campo, al borde de la autopista, van y la arrancan por un capricho... La gente de Madrid no está bien de la cabeza, Francisco, te lo digo yo..."
"¿ Y porqué dices eso, Marcial? No creo que estén todos locos, porque es una ciudad muy grande, que ofrece tantas cosas: trabajo, diversión, formación, ocio..."
"No te engañes, Francisco: es una ciudad que le ha dado la espalda a la Naturaleza. Ya no hay flores en ninguna parte, la Rosaleda está medio muerta, el Retiro está más "pachucho" que yo... Tampoco hay puestos de flores, ni siquiera en los cementerios...¡Con el negocio tan redondo que hacían con los centros de mesa, las coronas y los arreglos florales! Ahora, todo es una burda imitación de la Naturaleza, con unas coronas espantosas que durarán más incluso que el difunto..."
"No exageres, Marcial... Que no creo que todo sea tan grave como lo pintas... Y todo depende del cristal con el que lo mires..."
Allí nos despedimos, en el andén de la estación, Marcial Guerra y Francisco Villegas (para servirla a Dios y a Usted, hermosa dama), en medio del barullo de los autobuses, que iban vomitando su cargamento humano, en medio del ruido, del polvo, del humo, y del inevitable tufillo a humanidad reconcentrada... Como siempre me ha gustado viajar ligero de equipaje, lo tenía todo preparado, comprimido y colocado dentro de mi mochila de alta montaña... que hace demasiados años que no sentía la libertad de las altas cumbres (Nota: tengo que volver a la Montaña, por ejemplo, al Pirineo Aragonés...) y subí a la superficie, para coger un autobús que me llevase a la pensión... Como soy gente de campo, acostumbrado a trabajar con las manos, al trato directo pero escaso con la gente (cuando me fui de Huerteles, era el único aparcero que se encargaba de los campos de cuatro señoritos que vivían en Soria... hasta que decidieron que mi salario era demasiado oneroso y no les dejaba casi beneficios), y sobre todo, a respetar el espacio de los demás, porque nunca me he sentido a gusto entre la gente... Por eso, en cierto modo comprendí que algo andaba mal en la gente con ese primer viaje en autobús, de menos de media hora, durante el cual casi todos ellos estaban quietos y rígidos como estatuas, con los cascos puestos, la mirada perdida en la mayor parte de los casos, y por supuesto, ese aire de superioridad que tienen los de Madrid cuando notan que alguien no forma parte de su casta... aunque por otra parte, ese orgullo también se produce en Barcelona o en Zaragoza, las otras dos únicas ciudades que he conocido... A falta de otra cosa mejor que hacer, y para no violentar a nadie, busqué un hueco junto a la ventanilla (mi metro ochenta largo, y la fortaleza de mis hombros siempre son una buena ayuda en este caso), y me puse a observar la calle...
Está claro que yo tenía otra ideal de la Calle Alcalá: no había ni floristas, ni nardos, ni "ná de ná"... Solo aceras sin fin, cortadas por muchos pasos de cebra, semáforos, y una colección de arbolitos anémicos y agonizantes que parecían estar a punto de exalar su última bocanada de clorofila. Madrid es una ciudad gris, donde, como me dijo Marcial, "no crecen ni los rastrojos". Ni siquiera en los arriates de las medianas, o en las esquinas de las principales avenidas, hay plantas en condiciones, todas ellas se encuentran en pésimas condiciones... Agobiado por el ambiente que se respira en el autobús (¿recordais aquella película sobre "El pueblo de los malditos", donde todos los niños tienen los ojos brillantes, y las caras sin expresión alguna? Bueno, pues el mismo ambiente es el que se mascaba entre esas paredes de lata...), decido bajarme, y caminar un rato: hasta la pensión, no tengo pérdida, es seguir la calle Alcalá varios cientos de números... y hasta el invernadero, otros cuantos más... nada, en todo caso, para alguien que se ha pasado media vida en el campo, con los rebaños, y luego con los huertos... Pero al acariciar varios arbolitos, o intentar oler las adelfas y las camelias, comprendo que realmente hace falta tomar medidas drásticas, para que la Vida vuelva a fluir por esa ciudad que, desde el primer momento, parece estar maldita...
La primera impresión sobre mi alojamiento temporal no puede ser peor: mi habitacion, pintada en un espantoso rosa-chicle-burdel, apesta a tabaco rancio, a sudor y a piés. Sí, tiene una gran ventana, que da a un patio de vecinos, donde impera el pestazo a comida china, y aunque la pensión está ubicada en un segundo, se accede a ella desde una escalera del patio interior... Un triste cactus agonizante intenta aprovechar las escasas dosis de luz, y agradece muchísimo la pequeña cantidad de agua que le proporciono... La cama es un dinosaurio de otros tiempos, con esos forjados de estilo antiguo... eso por no hablar de la colcha, de un dudoso color rojizo, y las sábanas, grisáceas... Por eso, siempre me alegro de llevar un saco de dormir en la mochila, y una funda de almohada especial... al margen de unos cuandos aditamentos, recuerdo de mi paso por el Ejército... Al menos, la ducha está perfecta...
Mas, si duro fue conocer la pensión, llegar al invernadero, sobre el número 600 de la calle Alcalá, me pareció una broma pesada... Al menos, la imagen que se ofrecía al público en general no podía ser más lamentable: una serie de baldas desangeladas, llenas de plantas más o menos moribundas, algunas de ellas con plagas de mosquitos, otras con hongos, con pulgones, otras cuantas en unas condiciones tan lamentables, que resulta muy extraño que estén a la venta... En la zona acristalada, esa impresión de caos, de desidia, es mucho mayor... Aunque un rato después, comprendería que se trataba justamente de una fachada...
Y allí, en medio de ese pandemonium, estaba ella, Julia, hermosa como un hada, incluso con ese peto de obrero, la camiseta desteñida, las botas de pocero y los guantes de latex... Como la veo tan ocupada, me quedo varios minutos observándola en silencio, hasta que ella me dice, si darse la vuelta: "Bueno... ¿piensas ayudarme de una vez a trasplantar esa Pachira, o tengo que esperar un rato más, hasta que te canses de mirarme el culo?"
La verdad es que tiene un culo precioso... aunque solo te acuerdas de él hasta que ella se da la vuelta, y ves la carita más hermosa que sea posible imaginar, incluso con el pelo recogido con un pañuelo, y la pequeña cicatriz en el pómulo derecho... Pero sobre todo son sus ojos, verdes, brillantes, que lo iluminan todo, los responsables de que me quede petrificado... hasta que ella me lanza un potente izquierdazo al pecho, se me pasa la tontería, y nos ponemos a trabajar mano a mano...
"Así que tú eres Francisco, ¿no? El nuevo encargado de las plantas autóctonas, y de las que se pueden adaptar al clima y a la orografía madrileña... Pues te garantizo que trabajo no te va a faltar aquí... Además, ten en cuenta que tu función será luchar contra un mal que se ha venido propagando sin control durante muchos años..."
"¿Un mal, me dices? ¿Qué tipo de mal?", le pregunto con cierta inquietud... pues todo el mundo sabe que en las capitales hay gente muy rara..."Un mal, me responde una voz conocida que proviene de detrás de una cortina de seto artificial, un mal, Francisco, que es mucho más peligroso, porque nadie cree en él, ni en su existencia, ni tan siquiera se da cuenta de lo que se ha perdido... Te estoy hablando del motivo por el cual te hemos llamado: por tu conocimiento del medio ambiente, de la naturaleza, por tus conocimientos de botánica, de protección de las especies, que para nosotros tiene mucho más sentido que una carrera que de todas formas, desde hace demasiados años ha dejado de existir..."
Y fue entonces cuando comprendí exactamente lo que estaban intentando conseguir Marcial y la Resistencia... Contra la conversión de los humanos en wryntianos, poco se podía hacer: solamente una exposición masiva a los pólenes de gramíneas, de olivos, y de rosas... combinado con la visión de la naturaleza... Pero aquella fue la tarde en la que cambió mi visión sobre la vida en la Tierra, y sobre el futuro que nos espera...
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