-UNO-
... Y con la mirada perdida en los recuerdos, la noche le devuelve su reflejo... A través de aquella ventana, ahora oscura, ella acechaba, cada tarde, la esquiva silueta que en algún momento aparecería entre las pequeñas colinas que separaban el sombrío caserón de la orilla del mar... Tierra negra, agua azul, los contrastes de temperatura en aquella zona de la isla, olvidada por todos... Y ella solo tiene dos cosas: sus confusos recuerdos y sus sueños... Y un temor: quedarse a solas con él, cuando finalmente se decida a entrar...
Cada tarde, en su errático deambular por las colinas o por la orilla, ella parece encontrarse un poco mejor, acercándose un poco más al límite de la zona herbosa, que a duras penas logra combatir la lenta pero inexorable invasión de la arena negra... Sebastián Pérez, el jardinero, siempre está protestando por lo difícil de su tarea, por lo absurdo de pretender mantener un jardín tan grande en una propiedad donde no hay energía eléctrica, no tanto por falta de medios, que aunque ajustados, los hay, sino por un extraño cariño de Don Bautista Lascasas, el último propietario del viejo caserón, hacia los siglos XVIII y XIX... Su primera orden, en cuanto finalizaron los trámites, fue la de arrancar todos los cables de la luz de la casa y de las dependencias auxiliares, e instalar una nueva red de canalizaciones de gas, para alumbrado y cocina... aunque las habitaciones se calientan mediante radiadores desde una caldera de carbón en el sótano, y si es necesario, se ponen en funcionamiento algunas salamandras que se han distribuido para ese fin por toda la planta baja...
Adentrarse en Villa Rosita es, por lo tanto, efectuar un viaje hacia atrás en el tiempo, donde el mayordomo (Federico Robles) va siempre de librea, la cocinera (Gloria Gonzalez) lleva un uniforme impecablemente blanco, y la gobernanta (Eugenia Irujo) se ocupa personalmente de los uniformes de todos, con la ayuda de dos chicos para todo (Lucas Benitez y Pietro Romano), se encargan de controlar cada detalle de la vida diaria... Don Bautista, un maduro caballero de edad imprecisa, viudo desde hace más de doce años, y en la actualidad jubilado tras una honrosa carrera dedicada a la abogacía y a la docencia universitaria, necesita aislarse del mundo exterior, y dedicarse a sus grandes pasiones: la botánica, la música clásica (es un discreto violinista, pero un virtuoso del piano), y realizar largos paseos por la zona privada de la isla... En aquél lugar, por lo tanto, la música procedía de los instrumentos o de un viejo gramófono; la luz, de los apliques y lámparas de gas, y de las velas y candelabros, y de las chimeneas; el calor, de los radiadores y las estufas; y las sábanas eran de algodón y lino, las mantas de lana, las cortinas de brocado, los sillones de orejas, las estanterías de recia madera de pino, y en cuanto a los libros, no había nada posterior a 1914... Como mucho, algún tratado de botánica de 1918...
Al principio, el personal de la casa hacía comentarios, del tipo "Pobre don Bautista, la muerte de su esposa Elvira le ha trastornado la mente", o bien "Pobre hombre, sin televisión, ni radio, sin películas, con un único teléfono de baquelita (pero perfectamente operativo)... Y que nos haga a nosotros vivir en las mismas condiciones..." Sin embargo, en cuanto pasaron tres o cuatro meses, todos ellos, incluso Pietro y Lucas, los más jóvenes del grupo, empezaron a encontrarle cierto encanto a aquél tipo de vida, tan relajada, donde el único contacto con el resto del mundo se producía a través del cartero, que venía a la isla cada quince días con un pequeño bote a motor; o de los chicos del colmado, que siempre avisaban con antelación de cada entrega, para no alterar el ritmo, casi monacal, de la vida en Villa Rosita... Y así se habrían mantenido las cosas, inmutables con el paso de los tiempos, si no fuera por aquella mañana de jueves, once de marzo, más de dos meses atrás, cuando Federico Robles la encontró, tendida sobre la playa de arena negra... en el límite superior de la marea...
-DOS-
"Al principio, pensé que estaba muerta, -comentó más tarde a don Bautista y al resto del personal-, porque estaba tendida boca arriba, con los ojos en blanco y parcialmente cerrados, la boca abierta, el cabello negro desparramado a su alrededor... ¡Pobrecita, con las algas agarrándose todavía a sus piernas, con un exiguo biquini blanco, por única vestimenta! ¡Y con ese corte en el cuello, que todavía rezumaba sangre! En aquél momento, solo lamenté una cosa: el no tener un teléfono móvil para pedir ayuda..."
Con la mayor rapidez que le permitían sus cortas piernas y su edad, Federico se fue hacia la casa, intentando llamar la atención de cualquier otra persona que le ayudase a llevar a la chica a un lugar más cálido y seco, pues al inclinarse sobre ella, pudo comprobar que su pecho se elevaba de manera rítmica, y su pulso, aunque débil, era perceptible al tacto. Con quienes primero se encontró fue con Gloria, la cocinera, y con Eugenia, la gobernanta, y enteradas de la situación que el mayordomo les expuso someramente entre asmáticos jadeos, descolgaron una de las sábanas que estaban recogiendo en el tendedero, se fueron corriendo hacia la playa...
"A pesar de que el trayecto era corto, aseguraba Gloria, se me hizo eterno, los trescientos metros más largos de toda mi vida... Y cuando la vimos allí, a la pobrecita, tirada sobre la arena, tan vulnerable, con tan poca ropa... ¡Pero si tenía los labios amoratados por el frío! Lo primero de todo, le pusimos un pañuelo de blonda grande y limpio para vendarle la herida del cuello, y luego, entre las dos, la medio envolvimos en la sábana, y la trasladamos hasta la cocina de la casa, que con mucho, era la habitación más cálida de toda la casa... Allí estaban, esperándonos, todos los demás miembros de nuestra pequeña familia, y con la ayuda de Sebastián, la subimos a la gran mesa donde comíamos habitualmente, que los chicos habían despejado con rapidez... y rompiendo un par de vasos por el camino... Parecía exhausta..."
"Pero no te olvides de lo más importante, la cicatriz de apendicitis de casi veinte centímetros, el tatuaje con el dragón negro en el hombro derecho... y ese corte tan horrendo en el cuello... que seguía rezumando algunas gotas de sangre... Y aprovechando que todas las estufas de la casa estaban en funcionamiento, procedimos a desnudarla, para ver si tenía alguna otra herida, y luego la lavamos en un gran barreño, destinado a las sábanas y las cortinas. Su piel era muy blanca, y suave al tacto, y su pelo, una vez libre de toda la sal, era largo y muy cuidado..." Eugenia describe después cómo la visten con un mono y una y una camiseta de los chicos, y la ropa interior, igual que los calcetines y las zapatillas de felpa se la presta Gloria, pues tienen más o menos la misma talla...
"Mientras la bañábamos, se despertó, o al menos abrió los ojos, mediante algunos gestos, hicimos que se tranquilizase, y pareció que nos entendía, pues no volvió a revolverse. Se puso de pié en el barreño para que la secásemos, y era como estar asistiendo al nacimiento de Afrodita, con la diferencia del color de pelo... Nos dejó vestirla sin problemas, y nos quedamos con ella en la cocina, mientras se tomaba un tazón de Cola-Cao, con alguna dificultad por la herida del cuello...", termina Gloria...
"¿Entonces, desde que se ha despertado, no ha pronunciado ninguna palabra? ¿Y no tiene más heridas en todo el cuerpo, salvo la del cuello? -ante el gesto negativo de las dos mujeres, el doctor sigue hablando- Bien... ¿y se han fijado por si tenía algún tipo de marca de pinchazos en brazos o piernas? ¿Le olía el aliento a alcohol?" Aunque el doctor Rodríguez ya había realizado un examen exhaustivo de la desconocida, siempre se fiaba del criterio de aquellas dos mujeres, a quienes conocía desde hace más de quince años, cuando se mudaron a la isla una vez terminadas las obras de reforma y re-acondicionamiento... "Bueno, entonces, lo más posible es que nos encontremos ante un caso de afasia inducida por una experiencia traumática. El corte del cuello no es lo bastante profundo como para haber lesionado las cuerdas vocales, y no tiene tampoco marcas de estrangulamiento. No presenta tampoco otras heridas, aunque no podemos descartar un estado de shock, provocado por su inmersión en el agua, pues la temperatura de la misma a primeros de marzo es tremendamente fría. Tal vez se haya caído por la borda de alguno de los barcos que ocasionalmente bordean la isla, o se estuviera dando un baño en otra zona, y las fuertes corrientes la han traído hasta la playa... Posiblemente, recuperará la voz cuando ella así lo decida, pero es un procedimiento que puede tardar días o semanas, en función de su estado anímico. No veo que padezca ningún problema físico, y sus reflejos son normales, por eso no le voy a recetar nada, salvo un relativo reposo, y que se vaya aclimatando a las rutinas de la casa, mientras esperamos que las investigaciones policiales den un resultado positivo. Observenla, sin embargo, para descubrir sus reacciones ante determinados estímulos, como los olores y colores de la comida, exposición a la música, paseos por la orilla o por la isla... Todo ello nos ayudará a descubrir, en última instancia, su identidad y sus problemas..."
-TRES-
Han pasado ya diez días desde que acogieron a Marina, nombre que le adjudicaron pues afín de cuentas la encontraron en la orilla de arena negra, y parece no molestarle... Poco a poco, y por iniciativa propia, ha empezado a colaborar con algunas tareas de la casa, como hacer las camas, cambiar las toallas, y recientemente se ha interesado en la cocina, donde demuestra ciertos conocimientos de platos tradicionales españoles y franceses, como el "cassoulet", la "quiche lorraine", y las "crèpes"... Después de comer, disfruta con una pequeña siesta en su habitación (el antiguo dormitorio de uno de los hijos de D. Bautista), y luego le encanta dedicar un par de horas a la lectura en la Biblioteca , y parece dominar tres idiomas: francés, inglés y español, aunque no hay certeza alguna sobre este asunto, pues sigue sin hablar... y sin escribir.... Antes de cenar, disfruta recorriendo los terrenos de la casa, en compañía de Blas y de Tomás, los dos galgos que los muchachos rescataron de una perrera. Es en aquél rato cuando se siente más feliz, y no regresa a la casa hasta el anochecer, cuando faltan pocos minutos para preparar la cena. Los primeros días, a Gloria no le parecía demasiado bien la presencia de otra persona en la cocina, y menos aunque le quitase el trabajo... pero en cuanto demostró con hechos concretos (un contundente cocido madrileño de cuatro vuelcos, y arroz con leche de postre), en cierto modo la ha adoptado como refuerzo temporal. Lo mismo ha sucedido con Eugenia, la gobernanta, pero en cuanto comprendió que su única intención era echar una mano en la casa, sin pretender por ello entrometerse en sus cometidos, también parece estar satisfecha con la nueva situación.
Dos días después del hallazgo, un equipo de investigación de la Policía se desplazó hasta la propiedad, para hacerle las fotos pertinentes, y tomar declaración a los habitantes de la casa, pues al tercer intento de comunicarse con Marina, comprendieron que era una pérdida de tiempo... Sus fotos, vestida en aquella ocasión con uno de los uniformes de Eugenia, preside desde aquél día los tablones de personas desaparecidas de aquella isla, y de todas las demás del archipiélago... Incluso se han mandado copias a la Península... sin resultados... Es como si no tuviera pasado, ni identidad, ni nada... Como si nunca hubiera existido...
Pero el que Marina no hablase, no quiere decir que no se metiera en problemas... Pues tanto Lucas como Pietro estaban, posiblemente, demasiado interesados en ella... lo cual no deja de ser lógico, puesto que ella es tremendamente atractiva, con esa especie de inocencia y de indefensión que puede sacar lo mejor y lo peor de algunos hombres... Por ello, no era extraño que salieran los cinco a pasear juntos: Marina, Pietro, Lucas, Blas y Tomás... Y volvieran, como siempre, a tiempo para ayudar con la cena...
"Entonces, sigue sin hablar..., pregunta Luis Rodríguez, el médico, dos meses después del hallazgo... ¿Han probado a estimularla tal y como hablamos, con distintos tipos de estímulos visuales, olfativos, y auditivos?"
"Hemos probado de todo... está claro que tiene un cierto conocimiento, que no podemos evaluar con fidelidad, de tres idiomas, francés, español e inglés, que al menos los lee sin problemas, y puede tener también nociones de italiano... Sabemos que es una buena cocinera, y que su cuerpo está acostumbrado al deporte, pues ni le sobra ni le falta masa muscular... Sobre sus hábitos alimenticios, es vegetariana, aunque de vez en cuando se permite uno o dos huevos fritos con patatas...", comenta D. Bautista...
"¿Y cuando fueron al centro comercial, para comprarle algo de ropa interior? ¿Mostró algún tipo de reacción, por ejemplo, ante toda la gente que se concentra allí? ¿Encontraron alguien que la conociera?", pregunta el médico...
"No, sigue apática, no le interesaba nada de lo que veía, ni la ropa, ni la gente, ni el centro comercial, al que tuvimos que ir en barca, pues la falla impide el paso de la parte privada de la isla a la pública, y el puente se había roto unos días antes... Sí, es cierto, le gusta la lencería fina, y el encaje... pero se siente más cómoda con prendas interiores deportivas, y según la dependienta, su talla es la 85-B... aunque no tengo ni idea de lo que significa... Como no tenemos problemas de espacio en la casa, le hemos dicho a la Policía y a la Guardia Civil que se quedará con nosotros, pues siempre será mejor que un centro de acogida... También han informado a la Interpol.. .", comenta D. Bautista...
"¿Y tienen alguna teoría en la investigación? ¿Alguna pista?"
"De momento, solamente saben que nadie ha presentado una denuncia por su desaparición en la Isla ni en el resto del archipiélago. Y parece que tampoco se sabe nada de ella en la Península... Han dictado una orden de búsqueda, para intentar localizarla... Aunque la teoría más viable parece ser la de haberse caído de un barco de recreo o un yate, y haberse golpeado en la cabeza, por lo que sería un caso de amnesia traumática... Pero no es más que una teoría, como cualquier otra..."
"Bueno, dice el médico, al levantarse de la silla, ahora mismo, no podemos descartar ninguna teoría, pero confío en que con el paso del tiempo, o bien ella recupere la voz, o se produzca algún acontecimiento que la ayude a salir de su refugio interior...", comenta Luis Rodríguez, al levantarse del sillón y despedirse de D. Bautista y de Marina, quien ha asistido a toda la charla desde la esquina de la biblioteca, mientras miraba el mar...
-CUATRO-
Cuando se cumplen cuatro meses de la aparición de Marina, y con la llegada de los primeros turistas estivales al archipiélago, por unos días, todos los habitantes de Villa Rosita piensan que solo es cuestión de tiempo el que alguien vea su foto en los hoteles y en casi todas las tiendas, para que alguien la reconozca, o la reclame como miembro de su familia, un pariente, un novio o novia... Pero todo en su vida sigue siendo un misterio... Y, al menos en apariencia, sigue sin recordar...
Lucas y Pietro, que sienten aquella peligrosa mezcla de intuiciones y deseos, que combinan el afán de protección, como hacia sus hermanas, con el lógico atractivo por una mujer tan hermosa, le sugieren a D. Baustista realizar una prueba... "Creo, D. Bautista, que sería una buena idea sugerirle que se pusiera el bikini, y llegarla a dar un paseo en barca... Y luego, con cualquier pretexto, lanzarla por encima de la borda... Pietro y yo somos expertos nadadores, por lo que en ningún momento correría peligro... Pero lo mismo de esta manera, con una fuerte impresión, conseguimos que recobre la voz..."
Con la aprobación del dueño de la casa, los dos factotum le sugieren a Marina la posibilidad de dar un paseo en barca a última hora de la mañana, y llegar hasta la zona donde el agua es turquesa a la luz del sol, y nadar con los delfines que de vez en cuando se acercan allí, para jugar con los humanos... Tras haber asentido con la cabeza, Marina se dirige a su habitación, de la que sale unos minutos más tarde, con su biquini blanco, un sombrero de paja, y una toalla de playa... Todos los varones de la casa contienen involuntariamente la respiración, pues tan acostumbrados están a verla con los trajes decimonónicos, o como mucho con aquellas camisas y chalecos y pantalones de montar, que han olvidado hasta qué punto Marina tiene un cuerpo espléndido...
Los dos "conspiradores" y Marina se embarcan en el bote que usan para los desplazamientos cortos, pero en esta ocasión, prefieren olvidarse del motor, y remar hacia el arrecife, para no asustar a los delfines... Ella está tranquila, sentada frente a los dos chicos que no le quitan la vista de encima, aprovechando los rayos del sol... Cuando por fin llegan a la zona escogida para el experimento, Lucas se acerca a ella, señalándole algo que está en el agua (un presunto delfín), y cuando ella se inclina para intentar verlo, la empuja al mar... Pasa un minuto, y luego dos... y ellos se preocupan, pues no hay señales de Marina... Pietro salta al agua, con las gafas de buceo, pero no hay nada bajo la barca, ni en los alrededores... Cuando sube de su segunda inmersión, se da cuenta de la cara de felicidad de Lucas, quien señala, con el dedo, una extraña escena que está sucediendo a unos cien metros del bote: Marina está nadando, completamente entregada al juego, con un grupo de siete delfines, y les hace señas con la mano, como invitándoles a ir con ella... Pero ninguno de los dos tiene ganas de compartir la experiencia... Y mientras siguen el la barca, Marina, algo cansada por los juegos, pero muy feliz por sus compañeros, se deja acercar a la orilla por el más grande de todos, y se tumba sobre la toalla, para secarse... Unos minutos más tarde llegan los chicos, y ella los recibe con un beso en las mejillas, como agradeciendo la experiencia, antes de regresar a la casa, y a la rutina... Bueno, con la pequeña excepción de que todas las mañanas, luciendo su biquini blanco, o cualquiera de los otros que le han comprado, dedica una hora a nadar hacia el mar abierto....
Y es durante una de sus excursiones solitarias, cuando divisa el pesquero... Sin saber muy bien porqué, siente una extraña mezcla de sentimientos, cuando están recogiendo las redes, o tal vez sea por los impermeables amarillos de los pescadores, o por el brillo de las escamas sobre la cubierta... Están muy cerca de los primeros arrecifes, en aguas peligrosas y llenas de escollos, pero que al menos le permiten a ella observarlos desde una relativa distancia... Como si fuera un recuerdo reprimido, un nombre le viene a la mente, Eleazar, y lo pronuncia en voz muy baja, antes de volver nadando, lentamente, a la orilla... Y el más joven de los marinos, un adolescente, sigue todavía jurando que en aquél arrecife, ha visto claramente una hermosa sirena...
El resto de la jornada, se muestra bastante distraída, no consigue concentrarse en la cocina, y se le agarra un poco la paella... Luego, se sienta en la biblioteca, en su sillón de orejas favorito, mientras lee a Goethe... en alemán... pues aparentemente, aunque no recuerde todavía quién es, parece estar dotada de amplios conocimientos en francés, inglés, alemán y español, así como numerosas nociones de italiano, lo que, unido a la piel de sus manos, permite suponer que ha recibido una buena educación... Lo mismo se desprende de sus exquisitos modales en la mesa, o de la forma en que agarra la pluma para escribir... aunque después no sea capaz de trazar una sola palabra... Y de ese modo, pasa otro mes...
-CINCO-
Y Marina está inquieta, por alguna extraña razón, según avanza el mes de mayo... Como si la llegada del buen tiempo en la isla fuera un mal presagio para ella... Que no hablase ni escribiese nada no quería decir, ni mucho menos, que no pensase o sintiese o reaccionase frente a los estímulos externos... Sobre todo, se asustaba de los ruidos fuertes, como los portazos, o el estruendo de una cacerola de acero al estrellarse contra el suelo de la cocina, o simplemente, los timbales y los instrumentos de metal del "Carmina Burana"... También comenzaba a sentirse incómoda por las pequeñas atenciones que le dispensaba, casi constantemente, el joven Pietro, en cuanto se encontraban a solas...
No era tanto su actitud o su lenguaje corporal lo que la incomodaba; era más bien el recuerdo de una situación parecida, pero que no podía ubicar en su memoria, la impresión de tener que reaccionar de una manera determinada, para poner fin a lo que de todas formas consistía en un incipiente y persistente acoso... Por eso, intentaba evitar quedarse con él en cualquier habitación de uso comunitario, si bien existía un terreno en el cual el roce era casi obligatorio: la cocina... A primeros de junio, minutos antes de servir la comida a D. Bautista, y tras una mañana durante la cual Pietro se mostró especialmente persistente con sus atenciones, Marina estalló...
El joven casi le hace tirar la sopera con una de sus maliciosas caricias (que misteriosamente casi siempre le rozaban el pecho), y al comprobar que éste se dirigía entre pequeñas risas hacia el comedor con un juego de manteles recién planchados, no se lo pensó dos veces y, sopesando uno de los cuchillos de carnicero que en aquél momento estaba secando con un paño, lo lanzó hacia Pietro, dejándolo literalmente clavado por la sisa izquierda de su chaqueta blanca, a la madera de la puerta... para acto seguido, mientras todavía seguía retumbando en la cocina el chasquido del primer lanzamiento, lanzar otro contra su costado derecho, con la misma precisión y pericia... El resto del personal que estaba en la cocina, es decir, Gloria, Eugenia y Federico, incluso el mismo Lucas, no pudieron evitar, una vez superado el asombro inicial, prorrumpir en un espontáneo aplauso, pues ellos también estaban profundamente aburridos de las atenciones del "latin lover"... aunque al mismo tiempo empezaron a mirar a Marina con otros ojos... como una mujer que era capaz de defenderse a sí misma... Y el incidente quedó relegado a los habituales chascarrillos, y fue la propia Marina quien se encargó de zurcir la prenda, también con maestría, al joven galán italiano, que sin duda alguna había aprendido la lección...
Durante el resto del mes de mayo y la primera semana de junio, en Villa Rosita no se hablaba de otra cosa que no fueran las crecientes habilidades de la joven: escribir con fluidez en todos los idiomas que conocía, conocimientos culinarios dignos de un "chef" de renombre, aunque las modernidades del carpacho de solomillo y del "volován al perfume de jamón serrano con esencia de alcaparras" no fueron bien recibidas por Gloria... hasta que las probó, naturalmente... Marina también era una consumada ciclista, y no se arredraba a la hora de escalar los altos muros que delimitaban la propiedad...
Don Luis, el médico, no podía evitar su asombro por la evolución de su paciente, que ha mejorado incluso su tono muscular, gracias al ejercicio en el cual ha encontrado una sana ocupación: el jiu-jitsu, que practica sola todas las mañanas, en la playa, con los pies metidos en el agua; y por las tardes dedicaba horas al tai-chi... pero sin recordar cómo había aprendido ambas disciplinas... Marina seguía siendo, por lo tanto, un misterio, tanto para los demás, como para sí misma... y aunque había recuperado la facultad de escribir a primeros de junio, no lograba salir de la espesa nebulosa que se ceñía en torno a su memoria... Aunque todo cambió en la noche del quince de junio, con la primera gran tormenta de la temporada...
-SEIS-
Por no variar, la galerna se presentó de repente a media tarde; en cuestión de minutos, el sol desapareció, el cielo se pobló de oscuras nubes, y sobre el mar, en el límite del horizonte, empezaron a derramarse los rayos, al mismo tiempo que se escuchaban los primeros retumbos del trueno... Sobre las cinco y media, el océano embravecido sepultaba la pequeña cala con cada ola, y rugía sobre los pequeños parapetos de piedra basáltica y cemento que, de manera escalonada, servían de primera línea de protección a Villa Rosita, durante la dura lucha contra el mar...
A las siete de la tarde, la fuerza del viento, el tronar de las olas, el retumbo de los truenos contra la escollera y el fulgor, casi constante, de los rayos en el cielo, hacían completamente imposible cualquier estancia fuera de las recias paredes de la casona, y en casi todas las ventanas ya se habían instalado las antiguas pero eficientes contraventanas de madera de cedro (se dice que producto de la rapiña tras un antiguo naufragio)... Todos los habitantes de Villa Rosita, incluyendo el fantasma de Elvira, la difunta mujer de don Bautista, que ocasionalmente se le aparecía durante el crepúsculo, y seguía dejando a su paso un tenue aroma de violetas, habían buscado refugio en la cocina, y alrededor del fuego de la chimenea, permanecían en silencio, pensando tal vez en todos aquellos marinos, de la isla y del resto del archipiélago, a quienes el mar hubiera sorprendido faenando lejos de la costa...
Sin embargo, no todo el mundo estaba asustado por las desatadas fuerzas de la Naturaleza , pues faltaba uno de los moradores de la casa: Marina, que había buscado refugio en la Biblioteca , su lugar de observación preferido y, con la contraventana parcialmente abierta, observaba atentamente las olas, que se alzaban más de diez metros, y que rompían unas contra otra con la fuerza de un tren desbocado, todo ello, unido a los incesantes rayos, generaba un ambiente apocalíptico hasta donde alcanzaba la vista... Sin embargo, de repente, y por un par de instantes, Marina creyó ver un pequeño pesquero que intentaba maniobrar para alejarse de la cala... Estaba lo bastante cerca para observarse a simple vista pero, movida tal vez por una intuición nacida del recuerdo, ella cogió los prismáticos, que D. Bautista solía utilizar para observar las aves, y aprovechando la siguiente tanda de relámpagos, siguió intentando localizar el barco... Por lo visto, solamente había un tripulante, al menos visible, y parecía haberse atado al timón con una soga, en su lucha desesperada para apartar la nave de los arrecifes que cerraban la bahía, y que ella conocía tan bien... Sin embargo, con un último y poderoso resoplido, las olas estrellaron el pesquero contra el arrecife de estribor... y pese a mirar atentamente durante casi diez minutos, escudriñando el mar con los prismáticos fuertemente presionados contra sus ojos, no consiguió localizar al tripulante....
Los habitantes de Villa Rosita pasaron una mala noche, encerrados en la casa, y más todavía desde que Marina les pasara la nota con la tragedia que había presenciado... y aunque en varias ocasiones trataron de alcanzar la orilla, unidos entre sí por recias sogas, no tuvieron más remedio que darse la vuelta a medio camino... con la molesta sensación de no haber hecho lo suficiente... Sobre las tres de la madrugada, la galerna cesó por completo, y el contraste con el silencio que reinaba tanto dentro como fuera de la casa era tan fuerte, que todos los habitantes se despertaron, aunque fuera solamente por unos momentos...
A las nueve de la mañana, y tras un buen desayuno, todos los habitantes, menos D. Bautista, se dirigieron a la playa, y recorriendo parte de la costa, intentando localizar al menos algún resto del naufragio, que permitiera identificar la embarcación... Marina, tal vez guiada por el instinto, se dirigió directamente al agua y, desprendiéndose de toda su ropa salvo del bikini rojo que le compraron en la última expedición al centro comercial, empezó a nadar hacia el arrecife, con la impresión de haber vislumbrado un retazo de amarillo detrás de la roca más alejada, aquella desde la que tanto le gustaba acechar a los barcos... En pocos minutos, alcanzó su objetivo... y, en efecto, había un cuerpo, fuertemente encajado en la cara posterior de la roca... Sin saber demasiado porqué lo hacía, Marina lo soltó de sus asideros, y lo fue remolcando lentamente hacia la costa....
Al ver lo que estaba sucediendo, Pietro y Lucas se lanzaron al agua para ayudarla... Y cuando estuvieron en la orilla, lo depositaron lejos de la línea de la marea... Y solo en aquél momento, con el viento y el sol secando su esbelto cuerpo, Marina se puso a observar con atención el presunto cadáver de aquél hombre, de edad indeterminada (igual podía tener cuarenta que cincuenta años), estructura ósea muy marcada, brazos fuertes y manos acostumbradas al trabajo duro, piernas largas y levemente arqueadas, cuello poderoso... Pero cuando su mirada se posó en la cara del hombre, con una larga cicatriz en el pómulo izquierdo, que se prolongaba desde la comisura del labio hasta el límite del ojo... esa barba que crecía, grisácea y anárquica... esa nariz, mal soldada quizás tras una pelea portuaria...
Empezó a temblar tanto, que los chicos se apresuraron a atenderla... Con un rápido ademán, se dejó caer de rodillas junto a la cabeza del desconocido, y comenzó a acunarlo en el regazo....
Y entonces, una sola palabra, pronunciada con dificultad, se abrió paso entre las brumas de su memoria hasta sus labios... "¡Padre!" (aunque lo que dijo realmente fue “Aba!”
Y en aquél momento, cuando los muchachos escucharon por primera vez la voz de Marina, los ojos del marino se abrieron levemente, una amplia sonrisa iluminó su rostro, y un nombre de mujer surgió de sus resecos labios... Un nombre, y con un acento, al que no estaban acostumbrados… “Aïcha…”
Aquellas fueron sus únicas palabras antes de desmayarse, en brazos de quien parecía ser su hija… y que de todas formas lo trataba como tal… Entre los dos muchachos, lo llevaron a la cocina, donde la gobernanta y la cocinera, bajo la atenta supervisión de Luis Rodríguez, lo desvistieron, para lavar su cuerpo con agua caliente, y al hacerlo, bajo la luz de los quinqués de petróleo, descubrieron un impactante mapa de cicatrices, cortes ya curados, incluso aparentes impactos de metralla en los brazos, piernas, torso y espalda… Aunque ninguna de aquellas heridas parecía ser reciente, ni haberse resentido por el feroz vapuleo de las olas contra la roca, en aquella durísima noche de lucha y resistencia extrema…
“Lo único que necesita este hombre, afirmó taxativamente el médico, es ingerir algo de comida caliente, lo ideal sería una buena sopa y algo de vino, además de una muda cómoda, y por supuesto, una noche de sueño reparador… Mañana por la mañana me pasaré a comprobar el estado del paciente…”
- SIETE-
Sin embargo, no hubo un “mañana”, al menos no de la manera esperada, para Marina/Aïcha, y el desconocido… A las nueve de la mañana, cuando Lucas fue a comprobar si le pasaba algo a su compañera de paseos y de tareas varias, comprobó que la habitación estaba perfectamente recogida, la cama hecha, y lo único fuera de lugar era una nota, depositada sobre la almohada. En ella se podía leer una sola palabra: “Gracias”. Al revisar el armario unos minutos después, Eugenia comprobó que faltaba toda su ropa… salvo el bikini blanco que llevaba aquella mañana de marzo, que por alguna extraña razón había dejado sobre la cómoda…
Cuando comprobaron la habitación del desconocido… en cierto modo, no les extrañó demasiado encontrarla perfectamente ordenada y, por supuesto, vacía… Más tarde, Pietro comentaría que escuchó unos tenues sonidos procedentes de aquella zona de la casa, en medio de la noche, igual que una conversación, muy atenuada por el espesor de los muros y de las paredes, en un idioma que definitivamente no era español… Afirmaba que podría ser hebreo, pues le recordaba las viejas películas de espías… pero no supo explicar qué hacía, de madrugada, en aquella zona de la casa…
Un poco más tarde, comprobaron que también faltaba el bote que usaban para los desplazamientos, si bien, prendidos al poste de madera con uno de los cuchillos de cocina, encontraron más de quinientos dólares, y otra escueta nota de agradecimiento… Nunca más se supo en Villa Rosita de Marina/Aïcha, ni del desconocido, ni del bote… Pero si en algo están de acuerdo quienes participaron en esta historia, es en afirmar que el retorno de la palabra significó, al mismo tiempo, el final de una etapa de sus vidas… y el principio de una leyenda…

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