viernes, 30 de marzo de 2012

LOS MISTERIOS DE LA ISLA DE LOS FRAILES


Algunos lugares, con el paso del tiempo, se quedan impregnados con extrañas presencias, con recuerdos de acontecimientos, unos terribles, otros no tanto, de un pasado muy remoto. Si es un edificio, casi siempre se habla de fantasmas (como el famoso espíritu de la Duquesa, en el Palacio de Parcent de Madrid)... Si es un objeto, como el coche "Christine", surge una leyenda... Pero... ¿Y si el fenómeno afecta a toda una isla? ¿Si nadie consigue explicar de manera lógica y racional lo que pasa? ¿Si los mismos capitanes de los barcas que encallan en las rocas no consiguen hacer otra cosa que añadir capas y más capas a lo que puede ser uno de los modernos misterios del País Vasco?





Entonces, y como no puede ser de otra manera, surgen los mitos, lo inexplicable, o aquello de lo que nadie quiere hablar... Como los misterios de la Isla de los Frailes, en el Cabo Vilano. Los datos generales sobre la isla son bien conocidos: está ubicada en Górliz (Vizcaya) frente al cabo Vilano, y el apodo le viene de su forma vista desde el mar, que semeja a un grupo de frailes cubiertos por las capuchas de sus hábitos. Es pequeña, unos 300 metros, y tiene la forma de un dragón recostado. La única vegetación existente es una pequeña capa de hierba. Oficialmente, nunca ha estado habitada, y su mayor interés es que sirve de lugar de anidación para gran cantidad de aves. Esa es toda la información que se puede localizar en las fuentes tradicionales...





Sin embargo, los más viejos del lugar, y sobre todo los antiguos pescadores, hablan de "cosas raras", de "luces misteriosas que surgen en mitad de la noche", de "extrañas siluetas en la parte superior", y de "voces oscuras"... Nadie quiere hablar del tema, las autoridades lo niegan con vehemencia, y para alguien que no sea del lugar es tremendamente complicado vencer la natural desconfianza, para obtener la información... Y nada mejor que los bares tradicionales de pescadores para conseguirlo, como por ejemplo, el bar Kapritxo de Muskiz... Lo más curioso es que, cuando dices el nombre de la isla, y comentas que quieres escribir sobre su historia, o bien cambian de conversación, o bien se levantan educadamente de la mesa, o directamente, otean con gran interés el fondo de su vaso de pacharán...



Me han contado cuatro historias sobre la isla, cada una de ellas con el mayor de los misterios, y con el compromiso de no citar ni a los "confidentes", ni los lugares donde hablamos, al margen de no facilitar datos que permitieran identificarlos... cosas que, por supuesto, he respetado...



"Es falso que la isla haya estado siempre deshabitada, si bien es cierto que las condiciones son realmente espantosas: no hay agua potable, no hay lugares, en principio, donde resguardarse del viento, y cuando hay tormenta, las olas se estrellan contra la costa con una tremenda furia. Sin embargo, el 23 de mayo de 1406 una extraña comitiva, integrada por tres monjes con hábito marrón y un burro, acudieron a la vecina villa de Górliz, solicitando del alcalde el permiso para instalar una pequeña comunidad religiosa en la isla, ya que de esa manera conseguirían alcanzar el aislamiento necesario para sus oraciones y sus votos. "Pero... ¿conocen ustedes la ubicación de la isla, sus características? Piense usted que es un islote, continuamente batido por el mar, por el viento, que no hay agua caliente, ni alojamiento, ni comida..." Sin embargo, el más alto de los tres personajes, se limitó a sacar veinte piezas de oro de una pequeña bolsa, y responder: "Confío en que con este dinero será suficiente para comenzar las obras necesarias. Necesitaremos tres personas para que construyan una pequeña capilla en la isla, y nuestras celdas adosadas. Mientras tanto, nos alojaremos en las caballerizas. También habrá que pagar a los barqueros, y a quienes nos alimenten." Dicho esto, y evidenciando por su actitud y comportamiento que se trataba de una persona de alcurnia, acostumbrado a la obediencia, el misterioso personaje se retiró, dejando al alcalde a cargo de todo.



Lo más complicado fue el conseguir que un barquero efectuase cada día los viajes necesarios para trasladar mano de obra y materiales desde Górliz hasta la isla, en parte por los fuertes vientos, y también por las enormes dificultades para atracar y descargar en aquél peñón ignorado... La primera expedición casi termina en catástrofe, pues un fuerte golpe de mar lanzó la barca contra la costa, y solamente la pericia del piloto consiguió evitarlo en el último momento. Un pescador de la zona aconsejó que los viajes se realizasen siempre con la marea baja el alba, aunque fue necesario que un marino escalase la pared rocosa con una cuerda en la cintura, para improvisar una rudimentaria polea atada a uno de los escasos árboles de la isla, cercano al acantilado... Esto simplificó mucho las tareas de acarrear los materiales, básicamente sacos de arena, paja, cañizo, pues se optó por utilizar ladrillos de un tipo especial de adobe, reforzado con piedras recogidas en la isla. De cualquier modo, el acarreo de los elementos necesarios, en el que trabajaron dos barcas de pesca, y una decena de mozos, se prolongó casi tres semanas. Para la construcción de la capilla y los alojamientos se invirtieron casi dos meses, puesto que los ladrillos tardaban mucho en secarse, a pesar de las elevadas temperaturas, y del pequeño horno que improvisaron los operarios. A finales de julio, los tres monjes pudieron celebrar su primera homilía en la capilla, dedicada Nuestra Señora de los Desamparados.



La vida en el cenobio era sencilla, y la mayor parte del tiempo la dedicaban los hermanos a la oración... y a la acción, puesto que los fuertes vientos, las lluvias y las olas embravecidas, que en ocasiones llegaban a la parte superior del acantilado, requerían constantes reparaciones en la techumbre de madera recubierta de adobe. Una vez por semana se recibían los suministros de comida, agua y combustible, puesto que no había absolutamente ninguna materia prima en la isla. Durante cuatro años, hasta la primavera de 1409, los frailes vivieron consagrados a la oración, y a los ocasionales rescates de los pescadores que eran arrastrados hasta las escolleras por los golpes de la marea... Sin embargo, el 12 de mayo, una tremenda galerna azotó la isla durante más de diez horas, con olas gigantescas y fuertes vientos, que aullaban en toda la bahía. Incluso en Górliz se produjeron grandísimos daños, quedando más de la mitad de la villa destruída. Hasta el 14 de mayo no se calmaron las olas lo suficiente para permitir que el alcalde enviara una embarcación a la isla... "No queda nada, nada... Ni la capilla, ni las celdas, ni la pequeña huerta, ni siquiera la tumba del monje que pereció el año pasado... Es como si nunca hubieran existido..."



Así terminaba el primer intento de ocupación permanente de la Isla de los Frailes... Que sin embargo, no fue el último... Entre junio y septiembre de 1813 tuvo lugar uno de aquellos acontecimientos que la memoria colectiva intenta olvidar a toda costa: el internamiento de 200 soldados franceses y tropas auxiliares. No se conservan los datos sobre el promotor de la iniciativa, pero en los archivos del Museo del Ejército se conservan diversos fragmentos de informes confidenciales, que reproduzco a continuación...




"Tras la gran derrota en la batalle de Vitoria del 1813, y ante la enorme cantidad de soldados y tropas auxiliares franceses que fueron apresados (más de 2.000), era imperioso disponer de un lugar seguro para confinarlos, puesto que no en vano eran considerados como los más duros, la 4ª División de Conroux, perteneciente al Ejército del Mediodía francés. Un ayudante vasco del teniente general Thomas Picton sugirió que se llevase a los prisioneros a diversos centros de detención, en lugares de fácil custodia, mientras durasen las acciones bélicas." (...)




"El traslado comenzó por tierra el 25 de junio de 1813, y se alcanzaron los acantilados bajo el faro a primeros de julio. El estado y el ánimo de los prisioneros franceses seleccionados para la Isla de los Frailes era bastante bueno, sobre todo considerando que la mayor parte de ellos iban descalzos, y sin ropa de abrigo, constituyendo su patrimonio una manta para resguardarse por la noche, y algo de ropa limpia. El traslado a la isla, en barca, requirió la movilización de casi todos los pescadores del pueblo de Górliz, y fue especialmente complicado."




"No se realizó ninguna tarea de preparación de la isla para establecer el campo de prisioneros. La superficie es de roca, y no se les proporcionó material alguno para fabricar alojamientos. Solamente se les entregaron diversas cargas de leña, que utilizaron en parte para construir unas rudimentarias tiendas de campaña, bajo las que refugiarse del inclemente sol, de las ráfagas de viento y las olas. La comida, escasa, eran sobre todo sacos de garbanzos y judías, mas unos barriles de tocino añejo. También se proporcionó a los 200 prisioneros dos grandes ollas de cobre, y un determinado número de barriles de agua potable. Los suministros eran enviados cada dos semanas, por barco, y subidos a los acantilados con una polea. (...) El primer fallecimiento se produjo el 10 de julio, por una caída: el soldado Jean Bal. El 14 de julio, dos soldados perdieron la vida en una pelea. El 30 de julio, una tormenta repentina hundió las lanchas que llevaban las provisiones, y hasta el 10 de agosto no cesó la tempestad..."




"La isla está desolada... Hay cuerpos por todas partes, entre el hambre, la sed y las privaciones de todo tipo, una decena de soldados se mantienen en pie, más o menos vivos. Los demás, están muertos, o agonizan. Por un estúpido accidente, se quedaron sin agua potable el 26 de julio, al caerse por el acantilado el barril principal de agua, de unos 600 litros. Intentaron recoger agua de lluvia los siguientes días, pero con escasos resultados. Los garbanzos se echaron a perder con la humedad, y solo la octava parte era comestible. Las judías tampoco se encontraban en buenas condiciones: ha sido una barbaridad el no dotarles tan siquiera de una despensa o un lugar donde cocinar. (...) Para mantener las reservas, escasísimas, de agua potable, cocinaron las legumbres directamente en agua de mar. El escorbuto no tardó en hacer su aparición. Los cadáveres eran arrojados al mar ante la imposibilidad de sepultarlos, a veces lastrados con piedras, y otras, sin más que los bolsillos llenos de piedras."




"De haber recibido los suministros en la fecha prevista, se habrían salvado más soldados. Hasta mediados de agosto los voluntarios no consiguieron estabilizar a los supervivientes, por su extremada debilidad. Por miedo a una nueva galerna, se optó por trasladarlos a todos ellos a la costa, mientras que los cadáveres que no habían sido arrastrados por el viento o la fuerza de las olas se amontonaron y quemaron en la parte central de la isla, junto a los escasos restos del cenobio. Durante varios días, los 10 supervivientes permanecieron alojados en la villa de Górliz, de allí fueron trasladados a otro campo de prisioneros, hasta el final de la guerra. Se les pierde la pista tras su liberación."




La tercera historia, de alguna manera, es más reciente que las anteriores, pues se basa en el testimonio de Marcial Aranztibia, uno de los últimos buzos que se arriesgan a bucear en las traicioneras aguas de la isla.


Marcial siempre ha sido un enamorado de la fauna submarina, de las criaturas que pueblan las aguas, tremendamente fértiles, de la Isla de los Frailes. En los últimos años, y buceando casi siempre en solitario, se ha dedicado a explorar cada grieta, rescatando del olvido pequeños trofeos... "Cuando es un día soleado, no hay demasiado problema para observar los distintos objetos que se encuentran en el fondo, pues de todas formas, no hay más de 20 metros hasta la superficie. Suelo venir con una zodiac desde Górliz, y echo el ancla cerda del punto que más me interesa. Aquél domingo estaba junto a la Cabeza del Dragón, cuando de repente, veo algo, lo que parece ser una esfera... Hace un par de días hubo una galerna, y todo el fondo se había removido a conciencia... Cuando me acerco, compruebo que es parte de un rosario, de hierro macizo, y que su peso, más de cinco kilos, mantiene hundido lo que parece ser un crucifijo de tamaño mediano, y una pequeña arqueta de piedra. Normalmente, no tendría que haberlo tocado, pero ante el riesgo de que se perdiera por segunda vez con una nueva tormenta, lo subí a la embarcación, dentro de un cubo lleno de agua de mar, y puse rumbo al puerto más cercano. Allí, casi sin tiempo de quitarme el traje de neopreno, me dirijo al "Arrantzalearen etxea"(Hogar del Pescador), donde me encuentro con Iñaki Agurmendieta, conservador del Euskal Muesoa (Museo Arqueológico, Etnográfico e Histórico Vasco) de Bilbao que se ha tomado un semestre sabático, para terminar su segunda novela.



Cuando me ve entrar en el Hogar del pescador, con dos cubos rebosantes de agua, algo intuye, pues me dice: "¿Qué, Marcial, ya has encontrado una plomada del siglo XVII, o los restos de un barco?", con cierto aire socarrón... "No, Iñaki... Creo que lo que he rescatado del mar es bastante más valioso...", le respondo, al mismo tiempo que dejo encima de la mesa el cubo... De alguna manera, intuyo que se sorprende, y luego, muestra un gran interés, al mismo tiempo que inspecciona el contenido... "¿Dónde has encontrado esto?", me pregunta... "En la Cabeza del Dragón, en una zona despejada por la galerna...", le respondo... "¿Sabes lo que es?", me dice... "Creo que algo muy antiguo, el final de un misterio de hace 600 años, quizás..." "¿Te importa que me lo lleve a Bilbao, y lo analicemos en el Museo? Es muy importante que se haga lo antes posible, para que se pueda conservar..." "Me parece bien... pero si es lo que yo creo que es, me gustaría que pusierais mi nombre, como descubridor..." Dicho esto, y tras pagar la cuenta, Iñaki cogió su coche, y se va al laboratorio principal del Euskal Museoa... del que no sale en dos días completos, salvo para las funciones más básicas... Junto a su compañera Leyre, trabajan contra reloj, para preservar todos los objetos... ya que una exposición prolongada al oxígeno, después de tantos años en el fondo del mar, puede ser fatal...



El rosario permite aclarar, por sus peculiaridades, la identidad del portador, lo mismo que el crucifijo de gran tamaño... Pero el objeto más interesante desde el punto de vista histórico es la arqueta de piedra tallada, y su contenido, dos finas tablillas, con una serie de caracteres profundamente grabados en latín. Su contenido permite aclarar muchas dudas, pues en ellas está descritos los últimos días de la Congregación Mendicante, que desapareció por completo en la noche del 12 al 13 de mayo de 1409. Estos son algunos de los fragmentos descifrados:



"Hermanos en Cristo (enero de 1407): quizás el Señor no desea que hagamos Su obra en esta isla. Las condiciones de vida son muy duras. (...) ni comida ni agua, si no la traen. El generoso donativo de nuestro benefactor nos permite a duras penas pagar los servicios de los constructores. (...) No dormimos apenas cuando hay tormenta, por temor al viento."



"Hermanos en Cristo (junio 1407): las tormentas son terribles, pero las aceptamos como pruebas de la benevolencia del Señor Nuestro Dios, pues nos permite seguir con vida. Hoy se ha hundido la celda del Hermano Sebastián, atrapándolo entre los cascotes. Ha entregado el alma a la hora de Maitines."



"Hermanos en Cristo (julio 1407): hemos tardado un mes en cavar la roca para dar sepultura al Hermano Sebastián, usando cinceles que dejaron los constructores, y rocas a modo de martillos. Con todo, solo hemos agrandado una oquedad cerca de la capilla. Mientras, el cuerpo ha quedado al sol, pero lo regamos con agua de mar.(...) Lo cubrimos con rocas."



"Hermanos en Cristo (junio 1408): naufragio de un mercante cerca de la isla. Olas tremendas impiden el rescate. Mueren todos. La tormenta arrastra varios cuerpos. No podemos hacer nada."



"Hermanos en Cristo (octubre 1408): naufragio de un barco de pasajeros. No hay supervivientes. Nuestras oraciones, nuestras rogativas, no son escuchadas. El cadáver de un niño encalla en las rocas."



"Hermanos en Cristo (febrero 1409): gran tormenta, destruye las dos celdas. Dormimos en la capilla, que soporta embestidas del viento y la lluvia."



"Hermanos en Cristo (abril 1409): el Señor no acepta nuestra presencia en la isla, y Nos impone todo tipo de pruebas. No tenemos comida. Nos refugiamos en la capilla. Mañana llevaré a lugar seguro lo poco que queda de nosotros. Que el Señor tenga piedad."



No hay más entradas en las tablillas de piedra, salvo inscripciones parciales borradas por el agua. Posiblemente, el hermano fracasó en su intento de poner a salvo los restos de la fallida Congregación. Y así termina la historia de Marcial... cuyo nombre figura en la vitrina, dedicada a la Isla de los Frailes, en el Euskal Museoa de Bilbao.



Cosme Rodríguez ha sido toda su vida un atleta: aficionado al ciclismo, a la escalada, a la natación, al paracaidismo y al submarinismo, desde hace casi quince años tiene la afición de buscar nuevos retos durante sus vacaciones de verano, por eso, la Isla de los Frailes le permitía practicar casi todos los deportes. Por eso, una cálida mañana del mes de julio, y con una temperatura del agua de 20 grados, decide emprender la travesía. Se ha equipado convenientemente, con un mono integral de neopreno, aletas, gafas, bombona, y arrastra un pequeño esquife con todo el equipamiento que puede necesitar: las cuerdas, fijadores, piolet, un hornillo, raciones de supervivencia, manta térmica...


"Es cierto, podría haber utilizado una zodiac, o haber contratado un pescador para que me llevase hasta la isla, pero habría sido traicionar el espíritu aventurero, influido tal vez por demasiadas novelas de Clive Cussler... No ha sido sencillo acarrear todo el equipo hasta la orilla, he tenido que descolgarlo por el acantilado con una polea con la ayuda de mi hermano Rómulo, y luego, he bajado haciendo rappel. Una vez en la base, he preparado todo lo necesario para la aventura, y a mediodía, he comenzado a nadar. Ha sido duro, sobre todo por las corrientes, por la manera en que el agua arrastraba la balsa, y en varias ocasiones he tenido que aferrarme a ella para descansar.


A las tres y media de la tarde, cuando estaba inspeccionando la parte inferior de los acantilados, y después de haber atado la balsa a un afloramiento rocoso, me ha sucedido algo sumamente extraño: algo muy grande ha caído a mi lado, mientras buceaba. Al levantar la cabeza, he visto un cadáver, reducido a piel y huesos, hundirse lentamente delante de mis ojos... Segundos más tarde, otro cadáver, con un peso atado a los tobillos, se ha estrellado a pocos centímetros de mis piernas... Al seguirlo con la mirada, mientras a mis espaldas escuchaba otro impacto, he visto en el fondo, a no más de 20 metros, poblarse lentamente de cuerpos humanos, no me he parado a contarlos... porque de todas formas, rápidamente se desvanecieron... De cualquier modo, tenía demasiada prisa por salir del agua... Aseguré la balsa con todo el equipo que no iba a necesitar, y me puse con la escalada, ansioso por alejarme de aquél macabro descubrimiento submarino...


La ascensión por los acantilados tampoco fue sencilla, pues en algunas zonas la piedra estaba muy resbaladiza, y en otras, demasiado astillada... Tardé casi dos horas, porque se trataba de roca virgen, y los apoyos eran mínimos, serían las seis de la tarde cuando llegúe a la cumbre del acantilado, situada en la espalda del dragón, y planté entre unas rocas la típica banderita española, recuerdo de los Mundiales de 2010... Estaba muy cansado, por lo que hice poco más que buscar un sitio para descansar, pues a la mañana siguiente quería levantarme al alba, para realizar una foto del amanecer... Lo que no podía imaginar en aquél momento sería que no iba a dormir nada aquella noche... ni en otras muchas...


Siempre me gusta conseguir unas mínimas comodidades durante mis expediciones, por lo que había subido hasta la cumbre una ligerísima tienda de alta montaña, de mástiles de fibra de carbono, lona termoaislante, y lo bastante resistente para soportar cualquier lluvia o tempestad. Para mayor protección, escojo un repliegue rocoso, en el que se conservan algunos ladrillos dispersos, y lo que parecían ser unas pequeñas muescas realizadas en la roca, con algún instrumento metálico. También encuentro diversos lugares en los que se conservan las huellas de varios fuegos en la roca, que hablan de una ocupación anterior de la isla... Después de comer algo, me meto en la tienda, dentro de mi saco acolchado, y cierro los ojos... Igual he soñado el resto...


En mitad de la noche, sería poco más de las once según mi reloj, oigo los ruidos de lo que parece ser un grupo de personas, que acuden a la zona de la espalda del dragón en la que yo me encuentro. Lo primero que me viene a la mente es algo muy sencillo: ¿Cómo habrán conseguido escalar los acantilados en plena noche, si yo he tardado más de dos horas, a pleno sol? Les oigo hablar en francés, y decido sacar partido de mis estudios de idiomas... y también escucho el ruido de un cazo en una gran perola... Pero en cuanto salgo de la tienda, comprendo que no hay mucho que yo pueda decir o hacer... Ante mí van desfilando una lenta procesión de espectros, vestidos de harapos, que caminan despacio hacia lo que parece ser una improvisada cocina de campaña... No pueden verme, ni oirme, y de todas formas, tampoco siento miedo...Movido por la curiosidad, me incorporo a la procesión, y mis manos se superponen con las de un hombre, que tiende al cocinero una escudilla de barro, en la que primero vierten una media de agua (medio vaso), y en cuanto la bebe, dos medidas de judías viudas, aguadas, que se lleva para comer en otro lugar... No hay sitio a donde ir, y los hombres se apiñan en el suelo, quizás para darse calor, pues ha refrescado mucho, y se levanta el viento...


Amanece de repente, y los hombres siguen repartidos por el suelo. Uno de ellos está grabando en la roca unas muescas, tal vez para saber el tiempo que llevan en la isla... No hay nada que hacer, no tienen cuerdas, ni sedales, para intentar pescar algo. Bajar hasta la orilla rocosa es una misión de suicidas, y veo despeñarse a dos hombres... Un pequeño grupo ha escogido sestear cerca de la cabeza del dragón, y han confeccionado con algunos palos sobrantes y restos de lona un pequeño toldo, que les proteje del sol... Otros intentan cazar gaviotas a pedradas, y cuando tienen suerte, incorporan los cuerpos sin desplumar a la sopa... No hay casi judías ni garbanzos, y el tocino restante lo han tirado por venenoso...


Llega la hora de comer, y solo reciben una medida de agua, y otra de caldo... Amanece y anoche varias veces... Empiezan los saltos... Demasiado calor, demasiada hambre, nada de esperanza, son soldados en tierra extraña... Cuando uno de ellos se levanta, con la mirada perdida, y se llena los bolsillos de piedras en su breve camino hacia el borde del risco, nadie se lo impide... Y salta... No es posible sobrevivir a la caída, y menos en sus estado físico... Quien sabe, a lo mejor pretenden que sus cuerpos lleguen a la orilla de Górliz, que de alguna manera alcancen el refugio del enemigo... No hay esperanza...


De repente, estalla una feroz tormenta.... El viento, y las olas, azotan la parte superior de los acantilados. El escriba hace días que abandonó su tarea, al morir de hambre... No hay comida, ni marmita, ni agua dulce, ni nada... Cuando todo pasa, no hay casi vida en la Isla de los Frailes: 190 soldados franceses han muerto entre el 25 de junio y el 10 de agosto de 1813. Los encargados del rescate, una mezcla de marinos y de soldados españoles, se estremecen al comprobar la extrema penuria de los vencidos. A falta de espacio para los enterramientos, los cadáveres son lanzados por el acantilado, y los vivos, evacuados en lanchas hasta Górliz, donde descansarán unos días hasta recuperarse lo suficiente, para ser enviados a otro campo de prisioneros. Las investigaciones realizadas por el alcalde permiten descubrir que el dinero destinado al equipamiento de los presos, y sobre todo a la comida, ha desaparecido en su totalidad de las arcas; y tampoco se puede localizar al encargado del avituallamiento, un "señorito de Soria" que iba a tramitarlo directamente...


Amanece de nuevo, abro la tienda, y estoy solo. Lo primero de todo, compruebo mi reloj, pues he perdido el sentido del tiempo, y no estoy seguro del los días que he pasado allí... Pero solo ha sido una noche... Luego, recorro la isla entera, buscando las huellas de todo aquello que he visto durante la noche...Y de algún modo lo consigo... Localizo más grabados en la roca, una serie de nombres, que supongo serían de los difuntos. También localizo otros restos, en una oquedad junto al borde del acantilado: lo que parece ser una piedra por cada hombre... Pienso que ha sido un sueño, una pesadilla más bien... Pero el último hallazgo, dentro de mi tienda, me demuestra que no todo ha sido un sueño... Sepultada por el saco, encuentro una escudilla de barro cocido, como las que llevaban los espectros...


Hastiado de tanto sufrimiento, llamo a mi hermano Rómulo, para que ponga en marcha la operación de recogida con la zodiac, y tras recoger las huellas de mi campamento, y rezar una breve oración por los muertos, emprendo el descenso por el acantilado... Unos días más tarde, en los archivos de la alcaldía, encuentro en un legajo las pruebas que necesitaba para confirmar el trágico final en la Isla de los Frailes..."

Oficialmente abandonada, de escaso o nulo interés militar o estratégico, a escasa distancia de la costa, y sin embargo, envuelta en varias capas de misterios... La Isla de los Frailes, o del Dragón, permanece anclada en el tiempo...

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