IV: La última trinchera.
Seamos realistas: desde la noche en que salí al jardín para ver si lograba averiguar lo que estaba pasando delante de mi ventana, ya tenía una idea bastante aproximada de cual era el problema, y de cómo solucionarlo. Lo malo es que no tengo ni el prestigio, ni la seguridad necesarias, para que mi opinión se tenga en cuenta como fuente, antes de tomar una decisión tan importante. Pero de algo tiene que servirme que mi abuelo fuera un conocido escritor republicano, y que buena parte de su obra tratase de la Guerra Civil, la de los perdedores, pero con diferencia, la más interesante. También es útil el haber transcrito casi todo su poemario, y buena parte de su obra en prosa, para redactar una simple carta, en la que contar, como un relato carcelario, lo sucedido en aquella remota trinchera... Tal y como me lo contaron los fantasmas de ambos bandos... Bueno, menos el capitán García, que estaba constantemente cabreado, por haber sufrido "una muerte tan injusta, para una persona con su dilatado historial." Saco del altillo la vieja Hispano-Oliveti, con la que tanto escribió el abuelo, y localizo en el trastero varias cuartillas de papel de la Diputación, que con sus más de treinta años son perfectas para esta recreación de la verdad... Flexionando un poco los dedos para entrar en calor, empiezo a escribir...
"Querido nieto: te escribo estas líneas, mientras espero que no tengas que hacer uso de su contenido, pues hay fuerzas que escapan a nuestra comprensión, y también hay algunos lugares malditos por los hombres, por lo que ellos hicieron... La historia de la última trinchera es una de esas, donde no hay vencedores ni vencidos, porque todos mueren. A mediados del mes de marzo de 1938, cuando se libraban los últimos combates para tomar la Capital, un grupo de milicianos republicanos, mal armados y peor mandados por el comandante Pablo, un profesor de escuela con grandes ideales, pero escasas dotes de mando o conocimientos de estrategia, recibe el encargo de mantener una cabecera de tren funcionando en la Alameda de Osuna, para enviar lo más lejos posible un convoy con refugiados, mujeres y niños en su mayoría, aprovechando una vía en desuso. No fue una tarea fácil, ni mucho menos, sobre todo porque teníamos que trabajar del alba hasta el ocaso, camuflando los vagones entre la arboleda reinante, y embarrando las formas de la locomotora, para que no nos delatase ningún reflejo... El 20 de marzo, ya estaba todo listo, y los refugiados, unos mil y poco, ya estaban listos para la evacuación.
Aunque estabamos usando un ramal abandonado, para conectar posteriormente con otras vías secundarias, y pasando por Torrejón, Alcalá de Henares y Torralba, donde tendrían que decidir la nueva ruta. La primera opción, y que contaba con mayores posibilidades, era continuar hacia Zaragoza, y de alguna manera, pasar a Francia, hacia la libertad. La segunda, dirigirse a Soria, pasar por Logroño, y probar suerte hacia Bilbao, o bien Donosti, con la intención de llegar a Hendaya... Sin importar la ruta escogida, ni las dificultades del viaje, el exilio era la última salida, la única esperanza... Por eso, con las primeras luces del 19 de marzo, comenzamos la carga, si bien no podrían emprender la ruta hasta el ocaso, para no ser detectados por los aviadores. Con algo de pintura, unos cuantos uniformes robados a los muertos o requisados a los presos nacionales, y aprovechandose especialmente de lo inverosimil de la escapada, las posibilidades de conseguirlo eran bastante buenas...
Un retén de 100 voluntarios, dirigidos por el camarada Pablo, algunos de ellos curtidos veteranos de la Brigada Lincoln, vario números de la Guardia Civil afines a la República, una decena de cazadores, y varios chavales con más edad para estar en el instituto: ese era todo el contingente disponible, para una de las últimas y más desesperadas evacuaciones de la guerra. Todos ellos estaban en posición dentro de la trinchera, que fue excavada aprovechando una antigua conducción de agua del Capricho, posiblemente como subsidiaria de un arroyo mayor, y se extendía a lo largo de cuatrocientos metros, y con un pequeño promontorio rocoso a la izquierda, y a la derecha, los restos de un semáforo de señales, ambas eminencias estaban reforzadas con un parapeto de sacos terreros, que permitía alojar las dos ametralladoras, una Detjarew de 7,62 mm y una Maksim de 7,62 mm; en el centro de la trinchera, una tercera ametralladora, la Hotcchkiss de 7 mm y dos morteros Valero de 81 mm, estratégimanente dispuestos, eran las únicas armas pesadas disponibles. Lo demás, al margen de las escopetas de caza, era una mezcla de fusiles Mauser (model 1898, versión de 1913), algunos fusiles tipo Remington, e incluso varios “Mosin-Nagant”, de la Brigada Lincoln. A falta de armas suficientes, algunos voluntarios se ocupaban del aprovisionamiento de municiones, aunque sabían perfectamente que en cuanto se produjeran las primeras bajas, tendrían que arrancar de las manos de sus compañeros el fusil, y seguir luchando.
A media tarde, un explorador retrocede hasta el puesto de mando, con la peor noticia: se ha avistado un contingente de soldados nacionales, posiblemente los que estaban acuartelados en el antiguo cementerio de Canillejas. Se estima que son unos 300 soldados, fuertemente armados con los fusiles Mauser, y numerosas ametralladoras Hotchkiss de 7 mm, la Astra de 7 mm, y el Vickers inglés de 7,7 mm, eso sin contar que también contaban con granadas, morteros y explosivos. Por supuesto, su entrenamiento superior, y el equipamiento reglamentario eran bazas a tener en cuenta.
Los republicanos solamente tenían una orden: resistir a cualquier precio, mientras se ponía en marcha el convoy. Muchos de ellos no pudieron reprimir un escalofrío involuntario, al enterarse de quién estaba al mando de los nacionales: el capitán García, también conocido por los adjetivos "El Sádico", "El Asesino", y sobre todo, "El Ejecutor", puesto que siempre argumentaba lo mismo: "los prisioneros son una carga, los heridos, mucho más, y el Ejército nacional no es una hermanita de la caridad. Mejor que descansen en la fosa común". También se comentaba que él mismo no perdía ocasión de adornar su perfil con más atrocidades, adjudicánse incluso las salvajadas que perpetraban otras unidades como la suya... Nadie conocía sus orígenes, pero se rumoreaba que era el típico militar producto del alzamiento, que había escalado posiciones en el escalafón desde el grado de sargento, pero que su ambición era llegar a general...
La primera escaramuza se produjo a las cinco de la tarde, pero al no tener ninguno de los contendientes artillería pesada, fueron solamente salvas de ametralladora, y alguna que otra granada de mortero, las que abrieron el combate. Mientras que los nacionales gozaban de la ventaja del número, y también podían pedir apoyo aéreo; los republicanos disponían de la ventaja de pelear con el sol a sus espaldas, y ese factor resultó de cierta utilidad, puesto que era más complicado para el enemigo calcular con exactitud la trayectoria y la parábola de los morteros. Por la premura de los preparativos, apenas si se habían podido disponer unas cuantas minas, y muy pocos rollos de alambrada. Esto hacía que los nacionales apenas se encontrarían con dificultades en el momento del ataque... tal y como finalmente sucedió. La primera oleada fue a duras penas contenida por las ametralladoras pesadas republicanas, que cruzaban sus trayectorias de tiro de forma letal, el combate muy breve, pero más de veinte cuerpos quedaron en la tierra de nadie... vivos o muertos, poco importaba, pues no había ni camilleros, ni médicos, ni intendencia de ninguna clase en los dos bandos. A las seis de la tarde se produjo la segunda carga, con el mismo resultado, pues numerosos soldados fueron abatidos, más que en la primera, por lo que las pérdidas nacionales alcanzaban los sesenta efectivos... pero el fuego de morteros también se había cobrado las primeras bajas entre los defensores... Y todo esto, con la tremenda ansiedad que implicaba el ser responsables de tantos refugiados, que tendrían que esperar al anochecer antes de ponerse en marcha...
Si el capitán García no se hubiese dejado llevar por su tendencia a no admitir consejo de nadie, organizando de una manera más efectiva sus soldados, la batalla habría sido mucho más breve... Pero hasta la cuarta carga no se decidió a dividir sus fuerzas en tres grupos de ataque, ubicando a los más bisoños en el centro, mientras desplegaba el resto en dos alas, con el fin de obligar a los republicanos a dispersar su potencia de fuego, para finalmente rebasarlos por los flancos y eliminarlos, como era su costumbre... A las nueve de la noche, ambas facciones habían sufrido cuantiosas pérdidas: los nacionales, poco más de ciento cincuenta hombres válidos, y los republicanos, poco más de sesenta..
Lo peor de la quinta carga que se produjo casi al ocaso, fue que García por fín pudo disponer de una posición lo bastante avanzada para que sus ametralladoras pesadas entrasen en acción desde ambos flancos,un poco elevadas sobre el campo de batalla... Las balas rebotaban sobre las vías del tren, se incrustraban en las traviesas, y muchas de ellas impactaron en los techos de los vagones. Ocasionalmente, se escuchaban gritos de dolor, a los que nadie podía prestar atención... Solo una hora más, y el convoy se pondría en marcha... Los sacos terreros se estremecían con cada impacto, lo mismo que los cuerpos de los muertos, que habían sido añadidos a la barricada...
El capitán García estaba enfurecido, pues una de las primeras balas de los tiradores había destrozado la radio de campaña, y por lo tanto, no se podía pedir refuerzos a otras unidades, y la carencia de medios de transporte también jugaba en su contra: los mensajeros tenían que abanonar las posiciones... y no tardaban en ser también abatidos. Solamente con la llegada de la noche volvería a intentarlo. El mensaje era muy claro: apoyo aéreo urgente, para bombardear la trinchera, y si era posible, el convoy.
A las diez de la noche, el convoy se puso en marcha, dentro de un silencio sepulcral. Aunque ninguna carga había tenido éxito, ya no quedaban más de cuarenta soldados y milicianos; si bien los regulares tampoco estaban en mejores condiciones, pues ya eran doscientos los muertos y heridos... La noche se puebla de pensamientos, de suspiros, de gemidos sofocados; nadie quiere admitir lo inevitable de la derrota, pues han cumplido su misión, el convoy ha partido, y con todas esas mujeres y niños, viaja la Esperanza... No hay demasiada comida, ni tampoco agua, ni munición suficiente para las tres ametralladoras, ni cargas para el mortero... Un cuarto de luna menguante se cierne sobre los que van a morir... Alguien reza en voz baja entre los nacionales... Uno de los voluntarios de la brigada Lincoln toca los primeros acordes de un blues con su vieja harmónica, "Headed for Home" o algo similar... Nunca un instrumento tan pequeño ha dicho tanto, con unas pocas notas... Hasta los grillos y las cigarras se callan con la segunda tonada, "Draw me close to you my Lord"... Después, y durante casi una hora, se sucedieron los temas, por ejemplo "Lady Blues", "Caliope Jane", y algunas más, que nadie conocía demasiado bien, pero que de todas formas dotaba a los combatientes de ambos bandos de una efímera sensación de paz...
Pasan las horas, algunos se entregan al sueño... y otros, simplemente, se mueren desangrados... A las cinco y media de la mañana, y sin previo aviso, las tropas del capitán García aparecen detrás y a los lados de los republicanos, utilizando una vieja canalización cuya existencia conocían por un pastor de la zona, han sorteado la trinchera, y degollado a los centinelas antes de lanzar el ataque definitivo: solo quedan veinte de ellos en condiciones de luchar, y eso intentan hacer durante unos minutos, hasta que caen acribillados por las balas... De todas formas, habrían tenido el mismo final, pues García no hace nunca prisioneros. Solamente un soldado permanece de pié: el comandante Pablo, apoyado sobre un fusil, y con la bandera Republicana en la mano derecha. El capitán se acerca, le arranca de un tiron la bandera, la tira al suelo, y abriéndose la bragueta, se orina sobre ella, al mismo tiempo que se ríe con grandes carcajadas... Una vez terminada su fechoría, le descerraja un tiro en la sién al comandante Pablo, al mismo tiempo que su proeminente abdomen se sacude con su risa maniática... ¡Ha triunfado completamente! ¡Ha eliminado a todos los enemigos, aunque le ha costado las tres cuartas partes de sus tropas! ¿A quien le importa un mugroso tren, lleno de mujeres y niños, que serán eliminados sin problemas por la aviación, en cuanto pueda dar el aviso?
Se oye el sonido de un motor en la lejanía... pero cada minuto que pasa está más cerca... y entonces, de repente, se escucha la famosa Trompeta de Jericó, al comenzar su majestuoso picado el Junkers Ju 87... La sonrisa se desvanece de los labios del capitán García, y su cara se distorsiona en un rictus de ira, al comprender que ese apoyo aéreo que solicitó el día anterior estaba dispuesto a cumplir con su función, a volar en mil pedazos toda la trinchera, sin importar que él se halle en su interior... Caen dos bombas... La metralla acribilla a los vivos y a los muertos, y la onda expansiva hace que se derrumben los muros de la trinchera... García muere asfixiado, entre promesas de odio y de venganza eternos...
Cuando el polvo y la arena se han depositado de nuevo, nadie diría jamás que en aquél lugar estuvo la última trinchera, que se libró la última batalla por Madrid... Pero alguien lo ha visto todo, y sigue con vida para contarlo: un chaval de quince años, llamado Andrés, que tenía una precisión increíble con un viejo Mauser, y por ello seguía emboscado en un foso de tirador, junto a las ruinas de la torre de señales. Está sucio, y hambriento, mas ahora comprende por qué le insistió tanto el comandante Pablo en mantener la posición: desde el primer momento, intuyó el final, y necesitaba que alguien pudiera contar la historia...
Querido nieto: le conocí en la prisión de Toreno, y me contó su historia una de aquellas noches gélidas, en las que si te quedabas dormido, te exponías a morir de frío... ¡Qué crudo, el primer invierno tras la derrota! Unos días después, murío por unas fiebres gripales, y yo me convertí en el último portavoz de los muertos... Antes de que lo preguntes, años después, cuando me liberaron, me puse a investigar el paradero de aquél convoy... sí, lograron llegar hasta la frontera francesa... pero fueron detenidos, y encarcelados, como traidores al régimen de Franco... Fueron por lo tanto algunos de los quinientos mil seres humanos, españoles, republicanos y simpatizantes, retenidos en los campos de concentración, y posteriormente exterminados por los nazis y las fuerzas de colaboración francesas...
Ahora, cuando mi vida se acaba, y parece ser que la gente tiene menos miedo a conocer su historia, cuando los errores y los crímenes del pasado se investigan, y lo mismo algún día encuentran los restos de Federico García Lorca, te cuento toda mi historia... Para que si yo muero antes, tú te encargues de hacer que se conozca, que se localice la última trinchera, convertida en fosa común, y se les dé a cada uno de ellos, vencedores y vencidos, un trato justo. Este es mi legado."
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