miércoles, 21 de septiembre de 2011

EL CORAZÓN DE NAIARA... 1 ... Movamos las fichas...

Naiara era una chica de lo más normal, que tenía lo mismo que las demás, es decir: veinte dedos armoniosamente distribuidos, dos pies y dos manos pequeños pero proporcionales, dos largas y esculturales piernas, una cintura estrecha, torso exquisito y dos pechos que parecían pensados para alojarse en la palma de la mano, sus brazos eran perfectos, su cuello grácil como el de una garza, su barbilla quizás un poquito respingona, que servía de balcón para unos labios que solo me atrevo a calificar de "excelsos", rematados por una hermosa naricita, y unos ojos negros, tan brillantes como los luceros del alba, cejas y pestañas exquisitas, y un pelo que nunca me cansaría de tocar...

¿Te das cuenta de la cantidad de datos que tengo que aportar, para justificar algo tan sencillo de demostrar, como que era perfecta... al menos para mí?¿Y que yo estaba completamente enamorada de ella, casi desde el mismo instante en que la vi?¿Que tenía perfectamente claro que mi vida no tenía sentido, si no podía estar a su lado?

Cientos de cosas nos entrelazaban, como las ramas de la hiedra: nacimos el mismo día (23 de mayo), pero con tres años de diferencia (yo era la más mayor), dentro de una familia "bien" del Barrio de Salamanca... Acudimos a los mismos colegios en régimen de internado... Nos gustaban los mismos juegos, teníamos el mismo tipo de bicicletas, unas hermosas "mountain bike" que customizamos en la misma tienda... Nos encantaba el mismo tipo de lecturas y de películas, con la salvedad de que ella no soportaba las bélicas, y yo salgo huyendo de las de fantasmas... Incluso durante un tiempo, vestíamos igual para ir al instituto, lo que fue una liberación después de tantos años con el uniforme de las monjitas... Vivíamos en el mismo edificio, pero no en la misma casa... puesto que éramos primas hermanas, nacidas de madres gemelas idénticas... casadas con gemelos idénticos... aunque nosotras rompimos la tradición familiar: eramos hijas únicas...

Durante algunos años, lo hacíamos casi todo juntas (menos ir al baño, que siempre he sido muy escrupulosa)... incluso competimos por el mismo chico una temporada... aquél primer amor compartido, cuando Naiara tenía seis años... Aquél único y húmedo beso, lleno de lengua y de babas, ante la mirada de nuestras madres, que se escandalizaron sobre todo porque Aníbal primero me besó a mí, Natalia, y luego a ella... Como todas las niñas de nuestra edad (aquél año siete años y media para cada una, porque partíamos la diferencia) nos encantaba el verano: con sus acampadas junto al embalse de Entrepeñas y Buendía (que la gente siempre se olvida de los apellidos), las noches junto a la hoguera, cuando su padre contaba leyendas de aparecidos, de nayades.... y, completamente aterradas por el ruido del viento en la lona de la tienda canadiense de cuatro plazas, compartíamos el saco de dormir...

Pasaron los años, y con la adolescencia, algunas de las tradiciones continuaron: montar en bici por el Retiro, irnos de copas con las amigas (en su primera borrachera, tuve que sujetarle la cabeza mientras vomitaba... experiencia nada gratificante...), algún escarceo amoroso con chicos de la pandilla del instituto y, sobre todo, estábamos juntas en verano, primero con la familia, luego, con amigos... pero muchas veces, solas... Es la extraña afinidad que se puede generar entre primas, que para muchas cosas son aún más importantes que con las hermanas...

El mayor problema, que al mismo tiempo era la principal causa de mi tristeza era... mi corazón... o mejor dicho, mis sentimientos hacia ella... Supongo que comenzó de la manera más inocente, cuando compartíamos saco durante las acampadas, completamente desnudas, como mi madre nos había enseñado, para compartir el calor del cuerpo... Abrazarme a ella, noche tras noche, se había convertido en una tradición, protegiéndola, con mi cuerpo, con mi espalda, con mi alma, de todo peligro, de todo mal... Pero me di cuenta de que algo no funcionaba bien con mis sentimientos hacia ella, aquella noche en que me desperté completamente sofocada (y excitada) puesto que ella, dormida, había colocado su mano entre mis piernas... Yo tenía por aquél entonces 15 años... bueno, 13,5 según nuestra contabilidad paralela, y era la primera vez que nuestros padres nos habían dejado la tienda para nosotras solas... Aquella noche, la pasé casi entera sin dormir... mirándola mientras dormía... preguntándome por lo que estaba sintiendo hacia ella...

Supongo que es uno de tantos mitos, de tantos tabúes sobre la moral y sobre el sexo, que te insertan firmemente en la conciencia... Yo conocía la palabra "lesbiana" (bueno, y otras menos elegantes...), siempre había comprendido que con ella se definía a la mujer que se enamora de otra mujer, o que experimenta un fuerte deseo por otra... Comprendía también que solo se desea realmente aquello que jamás se podrá tener... Y que nunca había mostrado un excesivo interés por los chicos que nos esperaban a la salida del colegio de monjas, con sus ridículos vespinos y sus tupés engominados...Y tampoco me llamaban la atención las chicas, me parecían casi todas bastante tontas, artificiales y empeñadas en aparentar más edad, pintándose en ocasiones como auténticas furcias... porque en el fondo, estaba enamorada de Naiara...

Fue una noche muy larga, del mes de agosto, la que pasé observándola dormir, a Naiara, sobre el saco abierto, deseando atreverme a tocar su piel, tan blanca bajo la luz de la luna... Éramos tan jóvenes, por aquél entonces... Aquella noche comprendí que estaba profunda y egoístamente enamorada de Naiara, quien sabe si desde el mismo momento en que la besé en los labios, para quitarme el sabor de Aníbal...

Fueron unos años confusos hasta que cumplí los 19 (17,5 para nosotras), casi tan convulsos como mis sentimientos... Seduje a uno de los compañeros del equipo de natación del instituto, y aprovechamos un martes por la tarde, cuando se suponía que estábamos estudiando matemáticas en su cuarto, para estudiar "matemáticas", sobre todo las "tangentes", los "quebrados" y otras fórmulas... Creo que nos arriesgamos mucho aquella vez, pero el que sus padres pudieran entrar en la habitación y pillarnos en el acto me excitaba tanto o más que hacer el amor por primera vez... aunque terminase siendo "uno rapidito... y decepcionante"... Nos acostamos varias veces aquél verano, se llamaba Hugo... pero rompimos cuando comprendió que no me estaba satisfaciendo... que él no podía darme todo lo que yo necesitaba...

Fue entonces cuando conocí a Raquel, en septiembre del año pasado... Nos vimos por primera vez en el taller de teatro de la Junta Municipal... y rápidamente noté que yo le gustaba... no sé, son cosas que las mujeres notamos.... y fue la primera mujer con quien hice el amor... pequeño matiz, con los hombres, casi siempre se finge... con las mujeres no es posible... Parece que el número 3 me persigue en esta vida, puesto que soy 3 años más joven que ella... Sin embargo, después de 3 meses juntas, me pidió que dejásemos de vernos, puesto que su cama era "demasiado pequeña para nosotras tres: la otra, tú y yo..."

A los 21 años, lo tenía todo preparado... la siguiente acampada, con Naiara, me sinceraría con ella... Hablaríamos tranquilamente en nuestra tienda de campaña, o bajo las estrellas, igual daba, mientras estuvieramos de nuevo juntas... Si bien las cosas no salieron exactamente como yo pensaba...


EL CORAZÓN DE NAIARA... 2 ... Del Amor y de la Muerte...

Según iba pasando el tiempo, y todavía con la resaca de nuestros cumpleaños en el recuerdo, sobre todo la de Naiara, que había celebrado por todo lo alto la mayoría de edad, yo me ponía un poco más nerviosa... y no precisamente porque no estuviera enamorada de Naiara, pues todas las experiencias que tuve con hombres y mujeres durante aquellos años (siempre con precauciones con los chicos) solamente me habían permitido conocer una Verdad: mi Amor por Naiara...

Puede sonar extraño, el que una persona de tu misma familia, que no en vano es mi prima hermana gemela, genere en ti semejante corriente de deseos, sentimientos, pasiones... cuando jamás habéis hablado una sola palabra al respecto... y jamás la has besado de la manera en que te lo piden, a gritos, el cuerpo y el alma... Sin embargo, a pesar de todas las excusas que intentaba edificar a mi alrededor para protegerla ¿de mí?, eran inútiles... Y estaba ansiando aquella primera noche de convivencia en la tienda, cuando se lo confesaría todo y, como una cachorrita enamorada de la Luna, me quedaría esperando su dictamen... Que podría ser el todo o la nada, y de todas formas, aquél momento podría cambiar mi vida... Y yo dependía completamente, para mi felicidad actual y futura, de una persona a la que amaba con toda el alma... pero de la cual desconocía muchas cosas...

Pero nunca llegamos al embalse de Entrepeñas y Buendía... Tuvimos un desgraciado accidente de tráfico, por culpa de un jabalí que se cruzó en mitad de la calzada... La moto, que yo conducía, derrapó, y nos caímos por un terraplén de piedra caliza y canchales de pizarra... Noté varios impactos contra las rocas por todo el cuerpo... y luego, el silencio... y la negrura...

Me despierto en el hospital... Una enfermera de guardia, provista de una especie de traje espacial, me toma el pulso, preocupada, y después de acariciarme levemente la mejilla, se marcha a paso rápido, supongo que para avisar al médico... Al cabo de unos minutos se acerca el cirujano... Y se sienta lateralmente en mi cama... Empieza a hablarme... a contarme una terrible historia, que no me quiero creer... sobre un "infarto de miocardio"... una "lesión cerebral peligrosa"... unos "riesgos de embolia"... una "donante perfecta"...

Me deja de nuevo sola, no sin antes pedirle a la enfermera que me inyecte un ligero calmante, para relajar mi "nuevo corazón"... Y me paso toda la noche en vela, dándole una y mil vueltas a lo que he conseguido comprender entre tanto tecnicismos... Por lo visto, el accidente no tuvo toda la culpa de mi actual estado... Mi corazón, al margen de estar completamente enamorado de Naiara, presentaba una extraña patología que, agravada por la caída y los impactos contra las piedras del fondo de la riera, degeneró en una angina de pecho tan sumamente complicada, que era necesario el trasplante lo antes posible, si querían salvarme la vida... Sin embargo, no eran muy abundantes los donantes de corazón de mi grupo sanguíneo...

Pero incluso en ese aspecto, algunos dicen que fui afortunada... porque Naiara se quedó tetrapléjica al estrellarse contra una roca... Cuando llegaron la ambulancia y los equipos de rescate, me puedo imaginar el espectáculo: dos adolescentes hermosas, llenas de magulladuras, una de ellas con problemas de corazón severísimos y casi cianótica (además de innumerables fracturas), y la otra, convertida en un vegetal (y también bastante rota)... Nos llevaron al hospital más cercano, y nos ingresaron a las dos en la UCI...

Yo necesitaba desesperadamente un donante... y Naiara jamás podría esperar una solución para su médula y su columna... "Afortunadamente, todo tenía solución", tal y como se empeñaba en repetirme el cirujano, como si yo fuera una imbécil, y no comprendiera las cosas... A la mañana siguiente, yo estaba dispuesta a lanzarle la bacinilla a la cabeza si era necesario, para que me contase la verdad... Porque lo que yo empezaba a intuir no podía ser cierto... Una simple carta de Naiara, aunque la escribió la enfermera, me explicaba lo sucedido...

"Mi amor... Sí, Natalia, te llamo "mi amor"... porque a mí me ha pasado lo mismo que a ti... De alguna manera, tenía que pasar... Muchos años juntos, muchas experiencias... una complicidad especial... la impresión de que las palabras se quedan cortas... Muchos gestos que has ahogado antes incluso de esbozarlos, porque tenías miedo del rechazo...

¿De que yo te rechazase, mi dulce Natalia?¿Te crees que no me he dado cuenta de tus sentimientos?¿Que no tuve ganas de abrir los ojos aquella noche, cuando me abrasabas con la mirada?¿Que no he tenido ganas de besarte, por cada una de las veces en que me has besado en las mejillas, en vez de buscar mis labios?

No lo sé... No sé por qué no has querido decírmelo nunca, pero intuyo que ibas a confesarmelo durante la acampada... igual por ese concepto tan anticuado que tienes sobre la "mayoría de edad", porque hasta que yo no superase aquella barrera psicológica, tú no se sentirías libre de amarme...

Ahora, mientras te veo gracias al pequeño espejo en la cama de la UCI, con el coma inducido para conseguir que tu corazón aguantase un poco más, no te imaginas las ganas que tengo de hablar contigo, de acariciarte, de besarte... de besarte... y que me beses... tal vez en otra vida...

Los médicos dicen que no tengo solución... que el daño sufrido en la columna por el accidente ha sido demasiado extenso... Que nunca me pondré mejor... y que lo único que puedo esperar es que mi corazón deje de latir un día de estos... y que mi vida será una sucesión de cuidados paliativos, de médicos y enfermeras, para que no me atrofie del todo demasiado rápido...y sin esperanza...

Viéndote dormir... Sabiendo que al menos tú podrás tener algo parecido a la vida que soñamos las dos, se me ocurre la idea... Desde hace muchos años, soy donante de órganos, ¿recuerdas? Y por eso le pregunto al doctor: "¿Ella podría vivir con mi corazón, verdad? ¿Y otras muchas personas, no es cierto? Mientras que yo, de todas formas, tengo que morir, antes o después..." Él palidece, y frunce el ceño, como buscando una respuesta que no sea demasiado dolorosa... y al final, se marcha, sin decir una sola palabra... El día después, se lo vuelvo a preguntar a las "fuerzas vivas" del Hospital: el sacerdote (que se escandaliza), el cirujano, el rehabilitador, la enfermera jefe, a todas las personas que vienen a verme, una chica medio muerta de barbilla para abajo... y a mis padres... y a los tuyos... Comenzamos a negociar, con mi vida... pero no parecen entender una cosa que para mí está muy clara: es tu vida la que yo deseo salvar a toda costa... y para ti, el tiempo corre... Demasiado rápido...

Si estás leyendo esta carta, que le dicté a Eloísa, la enfermera, es porque yo estaré muerta... y viva a la vez... Porque habré conseguido mi objetivo: que los médicos realicen el trasplante múltiple con donante vivo... y que al menos, mi muerte tenga un sentido... Cuidamelo bien, por favor, Natalia... este pequeño corazón que ha latido durante demasiado tiempo, esperando que llegase un mañana...

Con todo mi amor... Naiara..."

Así termina la carta... Han pasado ya varios meses, y curiosamente, no se ha producido un rechazo: eramos tan genéticamente compatibles, que mi cuerpo ha pensado que era el suyo... el de mi Naiara... Visité su tumba al salir del hospital y dejé sobre ella una de las últimas fotos que nos hicimos, el día de nuestro cumpleaños, y una piqueta de nuestra tienda de campaña... Mi vida parece tremendamente vacía sin ella... Aunque me queda el consuelo de haber sido amada... por ella...

Ahora más que nunca, estaría cerca de Naiara por el resto de mis vidas...

EL CORAZÓN DE NAIARA... 3 ... Duelos y Quebrantos...

Según se acercaba el 23 de mayo, la fecha mágica en que Naiara cumpliría los 18 años, yo me iba poniendo un poco más nerviosa... Llámame "miedosa", "romántica" o "legalista", el único concepto que debes recordar es que mi corazón era suyo, completamente, y que yo estaba esperando el momento adecuado... y sería en uno de los escasos episodios de intimidad que se podían tener durante nuestras acampadas: por la noche, en nuestra tienda canadiense, de cuya propiedad en cierto modo nos habíamos apropiado mediante un audaz golpe de mano tres años antes... Fue muy divertido el observar cómo nuestras madres intentaban sostener las paredes de la tienda... después de que nosotras hubiésemos desclavado (y escondido) todas las piquetas en plena noche, utilizando los famosos frontales de luces infrarrojas que nos regaló mi padre unos meses antes... Son las tarascadas que se hacen con la edad... pero conseguimos nuestra tienda de campaña...

Primeros días de junio, todavía hace un poco de frío en las cercanías del pantano de Entrepeñas y Buendía (esos apellidos bonitos...), y sin embargo... Las dos estamos despiertas, metidas dentro de nuestro saco de matrimonio... y la noche que hemos pasado, juntas ha sido... bastante diferente respecto a lo que yo había imaginado...

Por supuesto, no hubo caricias, ni besos, ni abrazos, ni roces, ni nada de nada que tenga una connotación positiva... y ahora, me siento tremendamente imbécil por haber depositado mi amor, y mi pasión, y mi cordura, entre las manos de una adolescente... de alguien que ha dejado atrás la infancia casi a trompicones, por mi culpa...

Sí, es cierto, que yo me enamoré, completamente, de ella... de su ternura... de su bondad... de su candidez... de sus formas femeninas apenas esbozadas... de sus labios... de sus pechos... de su boca... de tantas, y tantas cosas, que en el fondo, no me enamoré de ella... Sino de la imagen que me había creado de ella durante tantos años... De un espejismo...

Pero nunca me molesté en intentar conocerla de verdad: cuales eran sus aficiones (además del ciclismo cafre), qué tipo de libros le gustaban más (¿Stephen King o Harry Potter?), sus grupos de música favoritos (¿heavy, punk, romántico español, baladas?), sus tendencias en la ropa (el puto uniforme...), ni siquiera conocía sus platos favoritos...Naiara era, por lo tanto, una desconocida, un ideal que yo había forjado en mi interior, en quien había depositado mis anhelos, mis querencias, mi vida entera... pero sin molestarme en conocerla de verdad...

Por eso, ahora, me siento destrozada por dentro... Hemos pasado la noche juntas, en el saco... pero vestidas... y lo más lejos posible... De alguna manera, no había pensado en la posibilidad de ser rechazada por Naiara, no era algo que entrase en mis planes... Ni siquiera me fijé en las señales, que ahora veo tan claras, en las sutiles maneras que ella encontraba de apartarse de mi lado según iba confesándole mis sentimientos, cómo desviaba la mirada hacia el pantano, las estrellas, los árboles, algún coche solitario por la carretera... Ni siquiera me callé cuando se puso a llorar, quizás me apetecía creer que lo hacía por la emoción, por los sentimientos que compartíamos...

Estábamos las dos sentadas sobre un viejo tronco de pino, delante de la hoguera... Yo tenía que girar la cabeza hacia la derecha para mirarla... pero ella decidió quedarse de cara al fuego, extendiendo los brazos y las manos, como si tuviera frío... Y yo hablaba, y hablaba, sobre "amor verdadero", "deseo sublimado", "entrega", "esperanza", "deseo", "sentimientos"... ¡Pero si incluso intenté atraerla entre mis brazos, y besarla! ¿Tan ciega estaba yo en aquél momento, que hasta que no me empujó levemente, no comprendí la realidad?

Y la realidad no era otra que mi egoísmo, mi ceguera... y que le había roto casi todos los esquemas a una personita a la que, en el fondo, ya no conocía hace varios años... Desde que decidí enamorarme de ella... Naiara se puso a llorar, desconsolada, de pié frente al agua... Yo la veía llorar... y me moría por dentro... por ser yo la causa... Pasaron los minutos, y ella no volvía... y yo voy a buscarla, y pongo la mano en su hombro... y ella, primero se aparta levemente... luego llora con más fuerza... y termina refugiándose entre mis brazos... pero no como yo hubiera deseado...

Cuando ha pasado ya un rato, pero todavía entre sollozos, ella me habla... Nos hemos sentado de nuevo delante de la hoguera, pero frente a frente... Me ha cogido las manos... Y me dice que lamenta no compartir mis sentimientos, pero que ella no tiene por mí otra cosa que el amor de una hermana... Que no entiende cómo he podido llegar a esos extremos, sin preguntarle nada... Que ella nunca me ha dado motivos para enamorarme... Que me quiere mucho, pero desde luego, no como amante, ni a mí, ni a ninguna otra mujer... Que desde hace algún tiempo se había dado cuenta de ciertos cambios en nuestra relación, que no le gustaban... y que por favor, le diera algún tiempo para replantearse si deseaba que siguiéramos siendo amigas, porque no se sentía cómoda a mi lado...

Y cada una de sus palabras fue como un nuevo clavo en el ataúd de mi corazón, de mis sentimientos hacia ella, y de mi propia vida...Aquella fue la última vez que nos fuimos solas de acampada a la parcela de la familia, junto al embarcadero norte... Dormimos las dos en la tienda, dentro del saco, pero vestidas... No hubo juegos eróticos, ni deseos compartidos, ni nada... Incluso diría que aquella noche murió nuestra amistad... Porque Naiara jamás pudo perdonarme por haberla amado y deseado en silencio, lo que ella interpretó (posiblemente con motivo) como una traición de una amistad que nos había unido desde hace tantísimos años... Y porque yo no podía seguir mirándola a la cara... sin desear besarla...

Volví con Raquel, la mujer a la que seduje en el taller de teatro, tal vez por despecho, quizás simplemente por olvidar a Naiara... Al cabo de unos meses, decidí independizarme, y me fui a vivir con ella.... compartiendo cama, gato y gastos con alguien que me amaba tantísimo (aunque eso lo comprendí más tarde) que podía incluso perdonarme el que, de vez en cuando, con el último gemido del éxtasis... mis pulmones, vaciándose lentamente, generasen el nombre de otra mujer... Naiara...

EL CORAZÓN DE NAIARA... 4 ... Tempestad Vital...

El 23 de mayo, Naiara y yo celebramos nuestros cumpleaños... Una fecha especial, las dos géminis, volubles, enamoradizas quizás en mayor medida de la vida entera que de una persona en especial... Las dos iguales, en apariencia, que no en vano proveníanos de la misma "colección de alta costura genética"...

Yo estaba muy nerviosa... mucho más que ella, por supuesto... y tenía prácticamente decididas las palabras que me gustaría pronunciar en sus oídos durante la primera noche de acampada en la finca de mis padres, la que tenía el embarcadero en la zona norte del embalse de Entrepeñas y Buendía...
Desde hace muchísimos años, comenzábamos allí la temporada estival, y siempre bajo la supervisión de alguno de los adultos de la familia, casi siempre mi tío Cosme o Damián, que nos vigilaban desde el chalecito "pero estamos demasiado viejos para dormir en el suelo"... y nuestro refugio cuando se ponía a llover o, simplemente, respondíamos a la "llamada de la Naturaleza"... era como ir de camping... pero sabiendo que tienes a pocos metros una cama mullida, con mantas, calentita, una buena cocina, y un par de hermosos cuartos de baño... De otra manera, supongo que nuestros padres no nos habrían dejado irnos solas, durante la primavera o el verano...

Nuestra querida tienda canadiense, que conquistamos hace tres años dando un audaz golpe de mano... contra nuestras madres... nos esperaba en el lugar de siempre, y con los mismos materiales de acampada que habían visto poco mundo: en la leñera... Acostumbradas por tantos años de acampada, tardamos muy poco en montar la tienda, inflar la colchoneta de matrimonio, y desplegar el enorme saco de dormir... luego, colocamos los camisones debajo de las almohadas, porque la vida en la Naturaleza no está reñida con la comodidad, y nos pusimos a calentar un par de latas de raviolis en el camping gaz... Es cierto, habríamos terminado antes usando el micro-ondas, mas perdería su encanto... Y, por no variar, fuimos a lavarnos los dientes al aseo de invitados... y un par de cositas más...

A las diez y media de la noche, estábamos las dos, reclinadas sobre varios troncos de árbol, recubiertos por una manta, y mirando el fuego... Siempre me han llamado la atención las llamas... La manera en que se retuercen, iluminando su entorno... y consumiéndolo todo a su paso, como el amor... que yo sentía por Naiara... Vale, es cierto que era mi prima hermana gemela, y que nos unían lazos de sangre por todas partes... Pero no podía evitar aquella fascinación, que me devoraba el alma...

Me estremecía por dentro cada vez que me rozaba, aunque fuera con el dorso de su malo... Estaba excitada, Muy excitada, puesto que llevaba casi tres años reprimiendo lo que me nacía del corazón... Cada vez que nos abrazábamos, una extraña energía me recorría todo el cuerpo, desde la punta de mi nariz hasta el dedo gordo del pié... Con cada caricia, por dentro, me ponía a temblar... Estaba bellísima aquella noche, incluso con las zapatillas de felpa, los vaqueros, la camiseta blanca y la camisa de leñador, abierta... Las la luz de las llamas rielaba sobre su pelo... Incluso el vapor de su taza de té, que soplaba cuidadosamente, parecía sexy por el contacto con su piel...

Tenía que arriesgarme... Tenía que dar un salto de fe, quizás al vacío, quizás hacia el desprecio y el olvido... pero siempre había otras posibilidades, ¿verdad? Incluso el enorme riesgo... de ser correspondida por ella... Yo tenía mil discursos preparados, mil cosas por decirle, mil ideas que bullían en mi mente... Le cogí la mano... o más bien lo intenté...

Porque Naiara tomó la iniciativa... y, poniéndome un dedo sobre los labios, me dijo una sola palabra... en la que estaban contenidas varios miles... de sueños... de ensueños... de anhelos... de pasiones... de ficciones... porque solo me dijo, con esos increíbles labios que yo me moría por besar desde hace tanto tiempo... "Besame"...

Y no hizo falta nada más...

No pienso contarte lo que hicimos o dejamos de hacer aquella noche... porque considero que forma parte de nuestra intimidad... Si bien es cierto que empezamos a amarnos sobre la manta, cerca de la hoguera... Fueron sobre todo besos exploratorios, leves caricias por encima de la ropa, tiernos abrazos... y sobre todo, besos... cuya intensidad fue aumentando gradualmente... Luego, y ya con la ropa medio fuera de su lugar, nos metimos en la tienda... Y nos desnudamos mutuamente sobre el saco de dormir... Durante unos minutos, nos quedamos allí, mirándonos, de rodillas, y nos empezamos a besar de nuevo...

Cada vez que yo intentaba hablar, ella me callaba, con otro beso... o bien con una caricia... o con un gesto... Resultaba incluso frustrante el que no me dejase hablar... ¡con lo bien pensado que lo tenía todo! pero no hubo manera... Aunque consiguió callarme por completo cuando me tumbó sobre la colchoneta... y empezó a besarme por todo el cuerpo... haciéndome gemir entre un marasmo de oleadas de placer... Quizás fuera porque yo lo estaba deseando desde lo más profundo de mi alma... O porque ninguna de las dos tenía demasiada experiencia... Pero de todas formas, fue una de las noches más intensas que recuerdo... de toda mi vida...

Solo a la mañana siguiente, después de habernos quedado dormidas un ratito con las primeras luces del alba... cuando nos abrazábamos de nuevo en la tienda, después de habernos bañado desnudas en el embalse de Entrepeñas y Buendía, bajo las mantas para entrar en calor... solo entonces me dejó empezar a hablar Naiara... aunque no llegué mucho más lejos del "Naiara, tengo una cosa que decirte..." cuando me puso una vez más el dedo en los labios... no voy a precisar en cuales... y entonces fue ella quien comenzó a hablar...

"Natalia... yo también tenía una cosa que decirte... mejor dicho, varias... la primera, que siempre he sentido por ti algo especial, fuerte, hermoso... que me he dado cuenta perfectamente de los esfuerzos que has realizado durante estos tres años, desde la noche en que descubriste que me amabas... Que esta noche ha sido muy especial, para las dos... y que yo también te amo...

No, todavía no te pongas a sonreir, Natalia... Porque no te amo como tú deseas... Todavía no tengo clara mi orientación vital, Natalia... y aunque no me arrepiento, para nada, de lo que hemos disfrutado y experimentado juntas... Necesito que me dejes respirar un poco... que me des tiempo para madurar, para descubrir mi espacio...

Eres una persona super importante paa mí, Natalia... pero ahora mismo, necesito más una hermana, que una amante... necesito una confidente... alguien que me acompañe, que me guíe... y, sobre todo, que no me juzgue... igual que yo no pienso hacerlo contigo... nunca...

Te amo, Natalia... pero mi corazón todavía tiene que encontrar su camino... Dame algún tiempo, por favor... pero no me prives de tu amistad, de tu cariño, de tu ternura... Y no me juzgues por no poderme entregar por completo a ti... ni a nadie en este momento..."

Por supuesto, que no la he juzgado... ¿Quién soy yo para juzgar a nadie, sobre todo en las lides del amor? Y hemos seguido siendo amigas, hermanas, confidentes... pero no amantes... Sí, es cierto, nos hemos acostado dos o tres veces, cuando teníamos las defensas bajas o las hormonas muy altas... o quizás incluso tuviera la culpa la botella de Lambrusco... Han pasado los años, y las dos hemos tenido alguna experiencia con otras personas, pero nada serio... Y en ningún momento ha disminuído mi amor por Naiara: todo lo contrario... porque realmente hemos tenido tiempo de conocernos en todos los aspectos: nuestra música preferida (yo, Pink Floyd, ella, Franco Battiato...), nuestros libros ("El señor de los anillos" contra "La ladrona de libros"), nuestros platos (coincidimos en los huevos fritos con patatas y chorizo), nuestros lugares mágicos (¿acaso dudabas que sería la tienda de campaña canadiense?), y varios centenares de cosas, de recuerdos, querencias y ausencias que configuran un ser humano...

Y esta noche, hemos regresado al embalse de Entrepeñas y Buendía... Y hemos montado la tienda nada más bajar del cochecito que me compré para el trabajo... El menú, latas de raviolis... y una botella de Lambrusco bien frío... Naiara me ha comentado que tenía algo importante que decirme... Pero esta vez, seré yo quien la bese, y robe las palabras de su boca...

"Que no se rompa la noche, por favor, que no se rompa..."

Y que las luces del alba me traigan la respuesta, los sentimientos, que tanto ansío... que también estén vivos, fogosos y rebeldes... en el corazón de Naiara...


EL CORAZÓN DE NAIARA (5): EL PESO DE LA REALIDAD

"Encoñamiento"... Mi padre, siempre tan práctico y tan directo, tanto en sus ideas como en la forma de expresarlas, seguramente habría utilizado esa palabra, para definir mi estado vital... mis sentimientos hacia Naiara... Supongo que tampoco se trataba de algo nuevo... Por ejemplo, podría haber sido una especie de mito de Pigmalión, puesto que con tantos años juntas, es cierto que Naiara se parecía bastante a mí... en todos los sentidos...

Lo que me fascinó, por encima de todo, fue la manera en que se convirtió, de crisálida más bien sosa y esaboría, en deliciosa mariposa... La confianza que tenía en mí, y que sigue teniendo, al mismo tiempo que su inocencia, pesaron mucho en mi decisión... No entiendo demasiado mi empeño en esperar a que ella cumpliera los 18 años... Quizás forme parte de tantos mitos sobre la "mayoría de edad"... puesto que yo me había dado cuenta de mis sentimientos hacia ella poco antes de cumplir tan "mágica"edad...

También es posible que se tratase de "miedo al fracaso", de preferir siendo amigas "sin derecho a roce", antes que perderla por completo... Me gusta dormir con ella, desnudas, las dos en el saco, tal y como nos enseñó mi madre... Y no solamente en las acampadas, puesto que muchas noches, cuando nuestros padres se han ido, nos gusta meternos en el gran saco, y compartir colchoneta, en el suelo de mi habitación, o de la suya...

No, mis pensamientos no son nada puros... ni tampoco mis intenciones... ni mis sueños... Naiara no se da cuenta de hasta qué punto deseo acariciarla, estar con ella, ducharnos juntas... No se da cuenta de hasta qué punto soy maleable, y al mismo tiempo fuerte y débil... Es posible que posponer tanto tiempo la confesión, nada menos que tres largos años, sea una forma de demostrarme a mí misma la intensidad de mis sentimientos... Eso no quiere decir que durante aquél tiempo, yo no haya aprovechado para explorar un poco los límites de mi sensualidad... He tenido un par de aventuras, con una compañera del taller de teatro, con un chaval del equipo de fútbol... Y he disfrutado, intensamente, con cada una de ellas...

Faltan dos días para nuestro cumpleaños, el 23 de mayo... Lo he preparado todo, para que estemos solas en casa aquella tarde... y tener nuestra propia celebración... quizás un poco más íntima... No es la primera vez que nos bañamos juntas, en el jacuzzi de mis padres... pero es cierto que tengo ganas de disfrutar con ella... ¿Piensas que soy demasiado calculadora?

Ya es 25 de mayo... Pero he tardado dos días en recuperar las fuerzas, para terminar esta bitácora, con un final, embebido del peso de la realidad... Sí, es cierto, nos desnudamos al mismo tiempo, ese baño secreto robado era uno de nuestros placeres más queridos... Sí, pude verla, en todo su esplendor, su cuerpo adolescente me atraía como un imán... Se introdujo lentamente en el agua... a mi lado, tan cerca que podría tocarla... Y lo hice... Me incliné sobre ella, y la besé, levemente, con los ojos cerrados... Y ella respondió a mi beso... con lascivia...

Salimos del jacuzzi, chorreantes de espuma, y nos aclaramos juntas bajo la ducha... Su cuerpo era perfecto, maravilloso, un auténtico sueño húmedo para cualquier hombre... y para muchas mujeres... entre ellas, yo... Terminamos sobre la cama de mis padres... experimentando... jugando... amándonos... durante varias horas... Yo no hacía más que mirar el reloj, por miedo a que nos pillasen mis padres... pero ella volvió a besarme... y me olvidé de todo...

Sexo, pasión, lujuria por fin satisfecha... hasta que se terminó... Nos despedimos en la puerta, las dos con el típico chándal de andar por casa, con el pelo húmedo por nuestro reciente baño... Y tuve el tiempo justo de cambiar, otra vez, las sábanas de mis padres, y ventilar la habitación...

Ayer recibí un e-mail de Naiara...

"Querida Natalia... Ayer, por fin, se cumplió tu sueño: hacer el amor conmigo... Y fue algo tierno, bello, la primera vez que era amada por una mujer... ¿Y qué mejor opción que tú, Natalia, que llevas tantos años deseándome? ¿De verdad piensas que yo no me daba cuenta de tus sentimientos, de tus atenciones, de hasta qué punto yo encarnaba la obtención de todos tus sueños?
Pero ese es un peso demasiado grande para cualquier adolescente, Natalia... He disfrutado muchísimo contigo, me hiciste descubrir mundos enteros... Pero no quiero recorrerlos contigo... Hace un par de semanas, Julián, uno de mis compañeros de clase, me llevó a su casa, para repasar unos apuntes... Y me encontré con fresas, con chocolate,y cava, y toda la casa para nosotros... Es cierto, siempre te he hablado mal de él... pero lo que me hizo experimentar aquella tarde...
Te quiero, Natalia, has estado a mi lado durante toda la vida... Pero no te quiero como pareja... Hemos hecho el amor, y no me arrepiento... pero no puedo ofrecerte lo que tú necesitas... No se trata de amor, ni de sexo... sino de confianza....

Después de la tarde que pasamos juntas, de escucharte gemir, de explorar tu cuerpo... no puedo seguir contigo, como si no hubiera pasado nada... y tampoco puedo olvidarte... ni permitir que te hagas ilusiones conmigo... Prefiero perderte del todo, Natalia... antes que seguir con medias tintas... porque no siento lo mismo por ti... ni creo que lo vaya a sentir nunca....

Con todo mi cariño, y echándote de menos por adelantado... Naiara

Ps: Ya se nos ocurrirá algo para decírselo a nuestros padres...."

Y se nos ocurrió... Julián, su chico, era la mejor excusa... Yo no puedo evitar seguir deseándola, aunque sea desde lejos...

Y, curiosamente, tanto tiempo especulando sobre el corazón, los sentimientos, de Naiara...

Y es mi corazón el que queda destrozado...

Naiara...

viernes, 16 de septiembre de 2011

RECORDANDO A MI PADRE (3)

A veces, me gustaría preguntarle a Laura, más cosas sobre lo que sintieron al conocerse, si hubo una extraña energía saliendo de los poros de su piel, al mismo tiempo que descubrían que estaban hechos el uno para el otro… O si fue algo más tranquilo, dicen que “el roce hace el cariño”, y vivir juntos bajo el mismo techo, los dos con poco más de veinte años… Imagino que mi tío Bautista también tuvo su participación en el romance, bien como “protector de la honra de mi hermana”… o haciendo de celestino, transmitiendo a los dos tortolitos los mensajes que no se atrevían a decirse cara a cara… De lo que estoy segura, es de que respetaron las leyes de la casa, y que no hubo contacto físico excesivo porque… ¡Menudo es mi abuelo Francisco! ¡Es casi tan bueno como mi abuelo Massimo, dando collejas!

No fue sencillo para ellos, sobre todo porque si de verdad pretendían casarse (en 1978, no eran tan liberales como ahora), necesitaban ahorrar lo más posible… Marzio hacía horas extra en el taller, puesto que contribuía a los gastos de la casa, aunque estaba tan integrado en la familia, y eran tan evidentes sus sentimientos hacia Laura, que en ningún momento pensaron en cobrarle un alquiler por la habitación… Y mi madre, una vez terminados sus estudios de Farmacia en 1977, consiguió empleo en una botica cercana, la regentada por doña Elvira Sánchez, quien finalmente se la traspasó en 1983…

Fue un buen año, por muchas razones: porque a mi padre lo ascendieron a mecánico de primera en el taller, y le subieron el sueldo; porque mis abuelos maternos y paternos (incluso mi tía Agustina) colaboraron para pagar el primer plazo de la farmacia; porque consiguieron un piso en la calle de la Oca, cerca del metro (con hipoteca, por supuesto); y porque el 15 de octubre de 1983, Marzio y Laura se casaron en la Parroquia de San Isidro Labrador. Por lo que me han contado, fue una ceremonia hermosa, sencilla, y con una moderada afluencia de parientes… lo que no impide que se llenase casi entero un autobús de línea con familiares y amigos del pueblo, puesto que mi padre había mantenido el contacto con su familia, y casi todos los veranos los pasaron allí[1]. Más de cuarenta personas, que se repartieron por muchas de las pensiones del barrio y por casas de amigos…

La ceremonia transcurrió sin novedad, aunque mi padre estaba temblando por dentro, al recordar que era su hermana Agustina quien se había encargado de todos los preparativos, y los vagos y resacosos recuerdos de la despedida de soltero, que celebraron una semana antes, aunque él solamente conservase recuerdos borrosos de tan magno acontecimiento… y la responsable del banquete de bodas, en la Casa de Extremadura (en la avenida de Carabanchel Alto)… No pasó nada, al margen de los típicos petardos, de los puñados de arroz lanzados con mucha “mala follá”, y de unos cuantos bocinazos al salir de la iglesia, propinados por los compañeros del taller… La mayor sorpresa fue el medio de transporte elegido de la iglesia al restaurante, ya que detrás de un grupo de amigos, con un extraño bocinazo salido de los albores del siglo XX, apareció la impresionante figura de un viejo conocido: el Ford Modelo T de 1908, que mi padre ayudó a restaurar, y que viajó hasta Madrid en tren, sobre todo por cuestión de velocidad puna… Y, como no podía ser de otra manera, mi tía Agustina estaba detrás del volante…

El camino hasta la Casa de Extremadura fue espectacular, y muchos conductores se quedaban mirando fijamente a aquél dinosaurio de la automoción, que paseaba sus 75 años de vida como si fuera el rey del asfalto, y en cierta manera, lo era[2]

Durante el banquete, todo fue bien… Hasta que una turba de amigos, capitaneada (como no podía ser de otra manera) por mi tía Agustina, se empeñó en cortarle las dos ligas a mi madre, y la corbata a mi padre… Creo que no les hizo mucha ilusión… Luego llegaron los brindis, los discursos, los bailes… Mi padre siempre fue muy patoso, pero aquella tarde se desenvolvió bastante bien con el vals… y al llegar al tercer cubata, creo que habría bailado hasta un chotis… Y mi madre, siempre tan loca por moverse y bailar y disfrutar, capitaneó una endiablada conga, en la que incluso el padre Felipe se dejó llevar… Era más de la una de la madrugada cuando mis padres, escoltados por un puñado de irreductibles galos, llegaron a su casa, a su auténtica casa en la calle de la Oca… Mi tía les llevó con el Ford Modelo T, que desde luego no pasaba desapercibido, y con una extraña sonrisa, les invitó a que subieran solos y tranquilos… Mi padre estaba un poco asustado, pues se había dado cuenta de la repentina ausencia, en mitad del banquete de mi tía y de una decena de amigos, que volvieron sigilosamente un par de horas después…

Sin embargo, nada de lo que habían imaginado les podía preparar para lo que encontraron al traspasar el umbral… Cientos de velas, sobre platitos, iluminaban la casa, por todos los rincones… Miles de pétalos de rosas y claveles cubrían por completo el suelo, incluso en la cocina y los baños… La nevera, que ellos habían dejado vacía, estaba llena de comida: embutido, cava, queso, uvas, higos, dátiles… En el comedor había un mueble de más: una televisión de 20 pulgadas… Y faltaba uno, la cama cutre que usaban como sofá, que había sido sustituida por un tresillo… y también se había materializado una mesa de comedor y seis sillas… En su dormitorio, una gran cama de matrimonio, con las sábanas recién puestas, y más pétalos por todas partes, les esperaba (nada que ver con la que dejaron en casa aquella mañana…) ¡Pero si habían instalado una mampara de ducha en el baño principal! Junto a la cama, en dos escabeles, se encontraban dos albornoces de ducha blancos, un juego de toallas, y unas zapatillas…

Y entonces comprendieron por qué la gente les había entregado una cantidad tan pequeña de regalos, o de sobres… Porque la lianta de mi tía Agustina ya lo había recaudado casi todo en el pueblo, y en Madrid, y llevaba dos semanas pagando el alquiler de un guardamuebles, para poder cambiarles todo lo viejo y reciclado que había en el piso, de alguna manera, conseguir un nuevo comienzo para ellos… Y fue entre llantos, pero de alegría, como se despidió de mis padres, después de explicarles la trama, y desearles una noche de bodas memorable… Sobre la que nunca quisieron dar detalles…

A la mañana siguiente, el domingo 17 de octubre de 1983, se levantaron por primera vez de su espléndida cama… Y descubrieron el último regalo de mi tía: un cachorro de galgo blanco y negro, adoptado a través de una protectora, al que llamaron “Trasto” en honor de mi tía… Y se fueron a San Sebastián de luna de miel, poco más de una semana, lo suficiente en todo caso para enamorarse de aquella ciudad… El 3 de noviembre de 1985 nació mi hermano Gerardo (también conocido como “la triple G”, ya sabes, Gerardo Golden García)… y el 23 de mayo de 1990 nací yo…

Durante 17 años, he podido disfrutar del amor incondicional de mis padres, de mis abuelos, y de mi hermano… He tenido varias mascotas, aunque la que más recuerdo es “Cachivache”… He reído mucho, y he llorado más veces de las que me gusta recordar. Me he enamorado, como bien sabes, querida lectora constante, unas cuantas veces… He sufrido… he perdido a seres queridos… He vivido…

En marzo de 2007, y por culpa de unas molestias, mi padre fue al médico de cabecera… Y le mandó unas pruebas urgentes… Se las hicieron en el Hospital de la Princesa… Las repitieron en el Gómez Ulla… Y las dos coinciden: se le ha desarrollado un tumor en el páncreas… inoperable… y le quedan como mucho seis meses de vida, si acepta someterse a quimioterapia y radioterapia… Lo hace, varias veces… Pierde más de 30 kilos en pocas semanas… Se le cae el pelo… Sufre… Lo ingresaron varias semanas en la Unidad del Dolor… Pero insiste en volver a su casa, para morir tranquilo…

Los últimos días, los pasa conectado a una bomba de morfina… Yo no me quiero separar de su lado, mi hermano ha pedido un permiso en la plataforma petrolífera, y mi madre ha contratado un suplente en la farmacia… Mi padre muere, completamente lúcido, un lunes de octubre… A mediodía… y yo estoy en el instituto… y mi madre está sola en casa… Se cumple el pronóstico de los médicos. No recuerdo casi nada de los días posteriores a la muerte de Marzio, salvo la impresión de que algo va tremendamente mal en el mundo, cuando mi padre muere… y sigue habiendo tanto hijo de puta suelto…

Lo enterramos en Extremadura, en Azuaga, en nuestro pueblo… La Iglesia del Cristo del Humilladero estaba repleta de gente, yo perdí la cuenta del número de personas que hicieron cola para darnos el pésame… Aunque él hubiera vivido tanto tiempo en “la capital”, seguía siendo el hijo del “signore Massimo”, era uno de los suyos… Vi muchísimas caras, incluyendo a mi primo Miguel… a mi prima Martita, guapísima incluso vestida de negro… a mi tía Agustina, que o bien miraba al suelo, o bien al ataúd de su hermano… a cientos de personas anónimas, en cuyas caras se leía la tristeza… Y allí estábamos nosotros: mi madre, mi hermano, mis cuatro abuelos, y yo… deseando que todo eso se terminase ya… que nos dejasen en paz… para poder terminar de llorarle, y enterrarle en la intimidad… aunque eso era bastante complicado en un pueblo de 10.000 habitantes… donde todo el mundo conoce a “los italianos”…

Puede que mi padre no fuera la persona más culta del mundo, ni la más lista… Pero siempre le ha gustado leer… y leerme a mí, incontables cuentos desde muy niña… Siempre me ha animado a descubrir cosas por mí misma, a explorar, a soñar el mundo… Mi padre no me llevó a muchas exposiciones, es posible, pero le encantaba el arte, la pintura (sobre todo El Greco, la de veces que fuimos a Toledo, para admirar “El entierro del Conde de Orgaz”…), y la fotografía (por él conozco a Sebastiao Salgado, Man Ray, Uka Lele, Robert Cappa…). Le apasionaba la música, desde la clásica, hasta Blind Guardian… Y también le gustaba el cine, menos las pelis de terror, que esas tengo que verlas con mi madre… o con mi tía Agustina…

Era una persona buena, no se me ocurre otra forma de describirlo: una persona buena… En su trabajo era muy serio, y muy eficaz, es algo en lo que coincidían todos: mi madre, sus compañeros, los clientes, los jefes… En casa, jamás he oído voces, o gritos, ni siquiera silencios dolorosos y culpables… Y en más de una ocasión, he escuchado a mis padres hacer el amor, entre pequeños jadeos, para que yo no les oyera… Y sin embargo, al hacerlo, al escucharles, me he sentido bien… Los dos se repartían las tareas de la casa, menos la plancha, que a él se le daba mal… y limpiar azulejos, algo que mi madre odia… y que sigue odiando… Mi padre me enseñó muchas cosas… A leer… A escribir… A pensar por mí misma… A soñar… A luchar… A intentar ser feliz… A montar en bicicleta… A volar cometas en el cielo del atardecer… A lanzar avioncitos de papel desde el campanario de la iglesia… A defender mis ideales… A perseguir los sueños…

Solo se me ocurre una persona igual de importante en mi vida: mi tía Agustina… Es un espíritu inquieto, un alma libre, una soñadora… y fue mi mayor refugio cuando murió mi padre… Igual que Laura, mi madre, se fue a casa de sus padres unos días en Navidad, cuando terminamos de cribar la ropa que donamos casi toda a un asilo, y los libros de mecánica (están en un instituto de Formación Profesional)… En su casa de Villaviciosa de Odón, mejor dicho en su chalecito, con su gran jardín, lleno de plantas y árboles, con sus tres gatos castrados “Blanco”, “Negro” y “Gris” … Mirando el estanque con las carpas japonesas… Félix, su marido, vendrá después de la consulta (es acupuntor), y sus dos hijos veinteañeros, Xela y Rómulo, están ahora con los abuelos…

Y yo estoy sentada en la hierba, descalza, igual que ella… Inclinada sobre el estanque, en mitad de la pasarela… Noto una bola de lágrimas que me está consumiendo por dentro, desde hace muchísimo tiempo…pero no puedo llorar… No he llorado desde que Marzio murió… Y es entonces cuando mi tía Agustina se arrodilla detrás de mí, y empieza a acariciarme el pelo… y me dice algunas palabras en italiano… “Tu devi piangere, principessa… Per lui... e per té…”[3]

Y empieza a llover… pero el cielo está impoluto… Y comprendo que son mis lágrimas quienes rompen la superficie del estanque…

[1] [Conociendo a mis abuelos, y a todos sus amigos del pueblo como los conozco, estoy segura de que mi madre siempre se sintió querida por ellos, en todo momento… y tampoco descarto que los cancerberos les dejasen al menos unos minutos solos, para compartir largos y hermosos besos…]

[2] [Después del convite, el coche fue sometido a una puesta a punto especial, ya que el 18 de octubre participaba en un peculiar rally para coches de época por las calles de Madrid, siendo el punto de origen y la meta el Paseo de Coches del Parque del Retiro. Obtuvo un honroso tercer premio, pilotado por mi tía Agustina, y mi tío Bautista de mecánico y copiloto. Posteriormente, inició una nueva carrera artística, participando, el coche, en series míticas de la televisión española como “Ramón y Cajal”. En la actualidad, está en el Museo de Vehículos Históricos Vall de Guadalest… y sigue actuando en algunas bodas…]

[3] [“Debes llorar, princesa… Por él… Y por ti…”]


RECORDANDO A MI PADRE (2)

Mi padre era un niño inquieto, el líder indiscutible de las pandas de golfillos que se juntaban en medio de los prados, en la parte posterior del matadero, para “jugar a la guerra”… Eran, como no podía ser de otra manera, los “fachas” contra los “rojos”, y de tarde en tarde, se dividían entre “indios” y “vaqueros”… Nunca hubo que lamentar graves daños personales, aunque sí se rompieron dos o tres brazos, alguna que otra pierna, y se abrieron varias cabezas, sobre todo con las peleas de bolas de nieve del invierno, cuando el truco para multiplicar su alcance era el rellenarlas… con una piedra…




Durante aquellos veranos, después del colegio, también les gustaba mucho a los chavales recorrer los aledaños del apeadero, buscando alguna moneda, algún objeto, que se hubiera caído del tren… Pero solo los más valientes se atrevían a inspeccionar uno de los lugares más misteriosos del pueblo: los túneles y galerías del Castillo de Miramontes, y la mayor prueba de hombría era el penetrar en la primera de las cámaras, a la luz de una vela, y tocar la pared del fondo…

Todavía hoy, los más viejos del lugar hablan con cierto temor de las ruinas del castillo, de sus túneles, algunos de ellos conocidos desde 1332, que enlazaban la fortaleza con las viejas minas de carbón. Se recuerdan varias expediciones durante los últimos cien años, en las que ninguna de las personas que se adentraron en las profundidades volvieron a ver la luz del sol, ni siquiera una organizada por especialistas del Ejército de Tierra…




En aquellos lejanos tiempos, me refiero a los años 60, el tramo inicial era accesible, y estaba escondido entre unas matas al pie del torreón, pero el paso de las estaciones debilitó las centenarias paredes, y se hundió el techo… aunque perduran las historias de fantasmas, de aparecidos, de ruidos extraños… Marzio, mi padre, fue uno de los últimos en salir del pasadizo el día del hundimiento, cubierto de tierra, polvo, raíces, telarañas… y se ganó un bofetón de mi tía Agustina, que muchas veces ejercía de cuidadora de fieras, por ese dudoso honor que concede el ser “la mayor”… Aunque eso no fue nada, comparado con el monumental “soplamocos” que le pegó Massimo, mi abuelo, más que nada por el miedo de perderlo por una de sus innumerables trastadas

[1]




Pero si hubo una ocasión en la que mi padre cambió, de alguna manera, su destino, fue cuando a los siete años, se le ocurre subirse a la añosa cómoda de su padre, uno de los primeros muebles que compraron al llegar a España, para guardar los escasos elementos del ajuar que sobrevivieron al viaje desde Italia… No era un mueble de segunda mano, no… como poco, era de quinta o sexta mano, recio, pesado, fuerte… al menos, en apariencia… Porque escasos segundos después de que mi padre culminase la escalada, por el socorrido método de ir abriendo los cuatro grandes cajones, la pata delantera derecha se venció, y el mueble, el niño, y las cuatro cosas que estaban encima, terminaron en el suelo… El mueble se reparó sin problemas, y de paso, le quitaron diez capas superpuestas de barniz, a mi padre no le pasó nada… pero el reloj del abuelo Tomasso terminó esparcido por el suelo… Es un reloj feo, con forma de capillita, con cuatro columnas torneadas, una especie de angelote en el centro, y justo encima, una esfera, con los caracteres algo desteñidos… Y mi padre tuvo miedo, pero del auténtico, porque había roto el único objeto que ligaba a Massimo a su pasado… Debían ser las diez de la mañana de un miércoles cualquiera, y mi tía Agustina y él estaban solos en casa…


Al principio, los dos se quedaron paralizados por el terror, imaginando las consecuencias que podría tener el estropicio… Mi tía estaba dudando, entre ayudar a su hermano a solucionar el desaguisado, o irse directamente a la parroquia, a contárselo a mi madre, cuando de alguna manera, decidieron colaborar en la ocultación de la fechoría: entre los dos, recogieron lo mejor posible todas las piezas del reloj, poniéndolas en un paño blanco, y consiguieron poner en su lugar la cómoda, a base de ir vaciando todos los cajones, colocando la ropa perfectamente doblada en montones clónicos, y utilizando después una silla del comedor para terminar la faena…



Solo faltaba hacer dos cosas: decirle a mi abuelo que “la pata parece rota”… como si fuera obra del Espíritu Santo… y montar de nuevo el reloj… Seis horas tardó mi padre en culminar la faena, con la inevitable pausa para comer, rezando al mismo tiempo para que Grazia no se fijase demasiado en la cómoda… Con paciencia de alguien mucho mayor, estuvo probando los lugares más factibles donde podían encajar los distintos muelles, tuercas, engranajes… y remató la faena dándole cuerda al reloj… Cuando mi abuelo volvió a casa, enseguida notó algo distinto… Un sonido que, de alguna manera, no debería estar allí… Era un “tic-tac”, lento y rotundo, que parecía venir del comedor… “Non è possibile… Non è vero… Non lo credo…”



Lo repetía, una y otra vez… Marzio, pensando que había actuado mal, se puso a llorar, temiendo el castigo, y lo confesó todo (la escalada, la caída, la pata…) y mi tía, Agustina, la “mayor”, por solidaridad o por el castigo que podía recibir como encubridora… también se puso a llorar… Y Massimo… bueno… también lloraba… pero de alegría… Aquél reloj casi centenario llevaba más de treinta años parado, por un defecto en el mecanismo, que de alguna manera, mi padre consiguió reparar… Aunque no se libró del “soplamocos”… por haber roto la pata de la cómoda…




Durante tres años, a partir de los nueve, estuvo trabajando con Don Segundino, el dueño de la relojería de la calle Principal, cuando terminaba las clases, y allí se sentía feliz: era un reto cotidiano, la sensación de poder encontrarse cualquier cosa sobre la mesa de la trastienda, desde el más sencillo reloj de pulsera, hasta una caja de muñecas del XIX, y por encima de todo, las ansias de aprender el funcionamiento del mundo de lo pequeño, lo diminuto… Llegó un día en que no tenía nada más que aprender del viejo relojero… Mi padre buscaba nuevos retos, y se había cansado de la lupa, las pinzas y las minúsculas aceiteras…



Y fue entonces cuando entró en escena Anacleto… Era un hombre peculiar, pues además de su gran pasión por el campo, tenía un vicio secreto: los coches antiguos… En su granero, en mitad de una parcela siempre llena de barro, se encontraban dos “Seiscientos”, tres “Cuatro latas”, y un extraño bulto que se encontraba en la parte posterior del granero, tapado por varias lonas embreadas… Todos ellos en distintas fases de reparación, porque Anacleto era una de esas personas de mentalidad inquieta, que no son capaces de dedicarle mucho tiempo a una sola cosa: por eso tenía los animales de granja, los coches, el campo, los olivos, la colección de veletas… Por eso contrató a mi padre de aprendiz mecánico, para llevar a cabo las reparaciones pendientes, y en cierto modo, obligarse a sí mismo a terminar algunos de sus proyectos…


Durante cuatro años, cada tarde, al salir de la escuela y con la comida de su madre bajándole por el gaznate, Marzio cogía su bicicleta, y emprendía la ruta hacia el campo de Anacleto, que distaba sus buenos diez kilómetros del pueblo. Al llegar al granero, se encontraba con “el esqueleto”, que le esperaba con el mono puesto, el puchero de café recién hecho

[3], y una enorme caja de herramientas, que parecía más bien un baúl de ferrocarril… Contando con la ayuda de una de la “Enciclopedia de Bricolaje del Automóvil” de la editorial Uve, y de varios manuales que les mandaba un amigo mecánico de Sevilla, se pusieron a desmontar todos los coches del mismo ramo, para comprobar el estado de las piezas, y conseguir poner en funcionamiento al menos uno de cada tipo… aunque al final, consiguieron reconstruirlos todos, gracias a innumerables llamadas a talleres y desguaces de toda España…Y una tarde del mes de octubre de 1965, mi padre por primera vez se puso al volante de su primer coche, un “Cuatro latas” granate y negro, con el que realizó el que sería el primero de sus múltiples viajes a Sevilla, con mis abuelos y mi tía de pasajeros…



De todas formas, el granero del “esqueleto” todavía guardaba una sorpresa, pues bajo las lonas embreadas, y durmiendo el sueño de los justos desde hace más de cuarenta años, con el chasis calzado sobre ladrillos de adobe para no dañar las ruedas, se encontraba la joya de la corona: un Ford Modelo T de 1908, de intenso color negro… con las ruedas de color blanco… “En toda mi vida, solo he tenido dos flechazos… El segundo fue por mi mujer… El primero, por aquél Ford Modelo T…”, así de claro y de contundente se expresaba mi padre, muchos años después… “No me atrevía ni siquiera a acercarme, aquella máquina poesía un alma, rebelde, indómita, y en el fondo, solo estaba esperando a que alguien la despertase… Anacleto nunca quiso decirme cómo llegó al corazón de Extremadura, pero dicen las malas lenguas que llegó a España a través de Portugal, que un promotor operístico lo trajo para su amante poco después de la Guerra Civil… Que hubo una historia de celos, que se saldó a navajazos en el barrio de Triana… Y el coche fue vendido a un terrateniente, en la época del hambre… Al final, Anacleto escuchó los rumores que lo situaban en un cortijo cerca de Castuera, y lo compró por cuatro cuartos… El último viaje lo hizo remolcado por dos mulas…”


Pero aquello era el pasado, pues Anacleto tenía un sueño: restaurarlo completamente, y ponerlo al servicio de la comunidad (previo pago) en los grandes eventos, porque le parecía muy triste que las novias llegasen al Cristo en carreta o caminando… Hicieron falta dos años, de arduo trabajo, cada tarde, para desmontar el motor, engrasarlo, recolectar las piezas que faltaban a través de coleccionistas o de antiguos talleres, innumerables llamadas telefónicas buscando manuales sobre su mecánica, y la imprescindible colaboración del tornero de un taller sevillano del barrio de Triana, para completar el puzle… Aunque todas las penurias se vieron compensadas, con el primer rugido del motor, y los primeros metros del dinosaurio, el 23 de abril de 1967, que significaron de alguna manera el final de otra etapa en la vida de mi padre…


En febrero de 1968, Marzio fue llamado a filas, como todos los jóvenes de su quinta. Al principio se incorporó al cuartel de Sevilla, pero al comprobar sus conocimientos de mecánica, le incorporaron a la estructura del Parque Móvil, y de ese modo, se convirtió en un excelente mecánico… Durante varios años, estuvo trabajando en un taller de mecánica de coches y de tractores, ubicado a las afueras del pueblo, pero también allí alcanzó su límite: necesitaba saber más de motores, comprender su funcionamiento, y satisfacer sus ansias… La familia se llevó un gran disgusto en 1971, cuando decidió irse a Madrid… aunque yo me alegro mucho de que lo hiciera… Porque así conoció a mi madre…



Como muchos otros inmigrantes, llegó a Madrid en tren con lo puesto, una pequeña maleta de cartón, un puñado de ilusiones, y una promesa de contrato de trabajo en la Ford. De poco sirvió la carta de recomendación del relojero, ni la de Anacleto (aunque le llamaron para confirmar la historia del Ford Modelo T), ni siquiera la del Coronel García de la Fuente: como todos los solicitantes, tuvo que someterse a varias pruebas durante dos semanas, y a partir de ese momento empezaron a pagarle… ¿Qué cómo sobrevivió aquellos días? Se quedó a dormir en un banco de los vestuarios… y comía en los bares de la zona… Si alguien conocía su situación, nadie se dio por enterado, quizás porque todos ellos habían pasado por la misma prueba, y de alguna forma debían permitirle mantener intacta la moral…



Con la primera nómina en el bolsillo, se pudo alojar en una pequeña pensión de la calle Laguna, durante el gran “boom” del barrio de Carabanchel, incluyendo la llegada del Metro en 1968… Al pasar los meses, alquiló una habitación en la calle de la Gaviota, con varios compañeros… pero la convivencia se hizo algo complicada, y terminó cambiándose de piso, a la calle Pinzón… Era uno de esos arreglos que benefician a todas las partes: mi padre tenía cama y comida por un módico precio, y doña Gertrudis, la costurera, estaba acompañada por una persona atenta, que no tenía ningún problema en leerle la prensa del día… Durante aquellos dos años, hasta 1974, mi padre se acostumbró a leer el “ABC” a diario, y a mantenerse al tanto de la situación política y cultural…



“Sin doña Gertrudis, no habría aprendido a pensar por mí mismo, ni a tener independencia de criterio: seguiría siendo uno de tantos botarates, incapaces de ver más allá de su nariz, un borrego en tierra de lobos… Otra cosa es que no me gustasen sus ideas políticas, porque ella nunca me ocultó que era fascista, y yo he sido toda la vida bastante rojillo… También era dueña de una ecléctica biblioteca, donde se daban la mano Cicerón, Margarita Xirgu, Cervantes, Lorca, Galdós, y otros muchos escritores y dramaturgos que no recuerdo… Era una especie de ritual: volver a casa, dejando los zapatos en el felpudo interior, ponerme las zapatillas, una buena ducha y un cambio de ropa, lectura del periódico hasta la hora de cenar, y después, alrededor de una hora leyendo en voz alta una novela… luego, escuchar un poco la radio, y a dormir sobre las once…”



En 1974, una noche de marzo, cuando ni siquiera las frágiles hojas de las acacias parecían anunciar la primavera, doña Gertrudis murió, mientras mi padre le estaba leyendo el periódico. Solo pronunció una palabra, muy bajito: “Rosebud…”



Que no, hombre, que es mentira… Solamente suspiró un poco más fuerte, y murió… Me encantaría poder decirte, querida lectora constante, que mi padre heredó el piso, porque su casera le había tomado cariño durante aquellos años… y de alguna forma, no dudo que le habría gustado hacerlo… Pero no pudo ser, porque Quique Meiner, el nieto siempre ausente que vivía en Bilbao, le concedió diez días a mi padre, para buscarse otro alojamiento, antes de cambiar la cerradura… y vender el piso a una inmobiliaria… Menos mal que esta vez encontró ayuda en sus compañeros de taller: Bautista García, también mecánico de primera, le ofreció alojamiento temporal en casa de sus padres, pues tenían una habitación libre, al haberse emancipado el hermano mayor, que trabajaba en América. En el piso, situado en la calle de la Oca, vivían en aquellos tiempos mi padre, su amigo el mecánico, Ana Isabel (la madre), Francisco (el padre)… y Laura, mi madre[5]



[1] [Lo mejor de haber tenido un padre que ha hecho de todo cuando era chaval, es que difícilmente puede tener la cara dura de regañarte por hacer las mismas cosas que él… Y es cierto, cuando me empeñaba en subir por los árboles de La Chopera, o en saltar desde los pedestales de las viejas estatuas, le costaba mucho llamarme la atención… Aunque, por supuesto, las cosas cambiaban en presencia de mi madre: ni Dios me libraba de la colleja, o del tortazo en el culo… Y las veces que se me ocurría hacer demasiado el bestia delante de mi abuelo… bueno… tenía la ocasión de comprobar que no había perdido práctica con sus conocidos “soplamocos”…]





[2] [“No es posible… No es cierto… No lo puedo creer”]





[3] [Las primeras veces, el café, “tan fuerte como la medianoche”, le sentaba un poco mal… De cualquier forma, mi padre solo tenía doce años cuando lo probó, pero al final se ha convertido en uno de sus mayores “vicios”, y si tuviera que asociar un olor a Anacleto, sería una mezcla de grasa de motor, y de café negro…]





[4] [Por alguna extraña razón, a mi padre siempre le entusiasmó “Citizen Kane”, con un magistral Orson Welles, y cada pocos años la volvía a ver en DVD… Su otra película fetiche era “Doce del Patíbulo”…]



[5] [Es curioso, nunca la llamo por su nombre, Laura… Siempre le digo “mamá” o “madre”… Igual a ti te pasa lo mismo…]

RECORDANDO A MI PADRE (1)

La vida de cualquier persona se puede resumir en muy pocas palabras: las que se graban en su lápida, a modo de epitafio… En ese caso, la de mi padre se plasmaría así: “Marzio Golden. Azuaga, 1950-Madrid, 2007. Añorado padre y esposo” Bonito, hermoso y conciso resumen, ¿verdad? Pero mi padre era mucho más que algunas palabras grabadas en una lápida… Y por eso hoy, dos años después de su muerte, voy a contaros parte de su vida, y la de aquellas personas que le acompañaron en su breve paso por este mundo… Lo mejor es empezar por el principio…


Al terminar la segunda guerra mundial, era bastante frecuente la llegada a España de numerosos inmigrantes, que buscaban su “pequeño lugar al sol”, lejos de unos países (como Italia y Alemania) devastados por las bombas y por la codicia de los vencedores. De esa manera, una mañana del cuatro de abril de 1947, aparecieron en el municipio extremeño de Azuaga una pareja de inmigrantes italianos, llevando de la mano a una niña de pocos años. La mujer, Grazia de Angelis, tenía poco más de veinte años, y era una auténtica belleza. El hombre, más cerca de los cuarenta que de los treinta, se llamaba Massimo Golden. Y la niña, de dos años, tenía por nombre Agustina Golden.



Su mayor afán era comenzar de nuevo, porque demasiados recuerdos negativos de su Italia natal hacían necesario un cambio. Massimo había participado en la batalla de Monte Casino del lado fascista, de hecho, se había presentado más o menos voluntario en 1942, y aunque afirmaba no haber disparado un solo tiro en los combates (o al menos, no haber matado a nadie), después de la derrota, notaba cierta reticencia por parte de sus vecinos… Y por eso, se puso en contacto con Manuel Gómez Pérez, un antiguo compañero de armas (uno de tantos fascistas españoles, ansiosos de combatir con “Il Duce”), que era dueño de extensas superficies de campo sin cultivar en Extremadura, en los alrededores del pueblo de Azuaga. El acuerdo fue muy sencillo: Massimo podía cultivar las tierras, Manuel pondría la financiación inicial para compra o alquiler de maquinaria, semillas y otros suministros, y a cambio se quedaría con el sesenta por ciento del importe de la venta de la cosecha, aunque con el paso de los años, las proporciones se modificaron en beneficio del abuelo…




Massimo y Grazia emprendieron el viaje desde la región de l´Aquila en marzo de 1947, con su pequeña hija Agustina. Y el trayecto resultó muy complicado: grandes zonas de Italia y de Francia estaban todavía devastadas por la guerra, y era muy frecuente el tener que abandonar el tren en medio de ninguna parte porque se había quedado sin combustible, o por los desperfectos en la vía… Por no hablar de las ruinas que a menudo se alzaban a ambos lados, y que no habían sido retiradas. Otros tramos del viaje los hicieron en la pequeña camioneta de un chatarrero, o directamente andando. Mi tía Agustina recordaba haber viajado dentro de una carretilla, que su padre o bien empujaba delante de él a la manera tradicional, o bien había atado al cinturón, y la llevaba detrás de él… junto con su reducido equipaje: dos pequeñas maletas de cartón, con algo de ropa, unas pocas fotografías, y algunos recuerdos…




Al haber conservado sus documentos de veterano del ejército fascista, y sobre todo al venir avalado por Manuel Gómez Pérez, no tuvieron grandes problemas para cruzar la frontera desde Francia, aunque de todas formas conocían a diversos pasadores, antiguos contrabandistas que recorrían los Pirineos por múltiples sendas. La llegada a España fue, por lo tanto, sencilla… aunque les impresionó mucho el seguir viendo muestras de la destrucción que se había producido durante la Guerra Civil… En algunos municipios extremeños, todavía se hablaba en voz baja de personas que habían sido despertadas en mitad de la noche, conducidas luego a los pozos de las minas abandonadas, fusiladas y arrojados sus cuerpos a lo más profundo… O de la tapia posterior del cementerio del pueblo, que todavía hoy sigue mostrando las huellas de los balazos…


La llegada al pueblo fue, de alguna manera, profética: eran los extraños que llegaban “de fuera”, como pasajeros del tren correo, para cultivar las tierras del fascista. Por supuesto, no entendían casi nada el español, aunque contaron con la ayuda de Isabel Del Río, una de las maestras de la escuela, y con la del Padre Gonzalo, el sacerdote titular de la Parroquia del Cristo del Humilladero. Hicieron falta varios meses para acostumbrarse a las estridencias climatológicas, y un par más para conseguir entrar en los círculos del pueblo. Massimo era un “contadino”, o sea, un campesino, por lo que disponía de suficientes conocimientos para comenzar las labores de la tierra, aunque le habría venido muy bien disponer de la ayuda de un caballo en el campo, y de manos extra para volver habitable la casa. Todo estaba muy abandonado, muy “dejao”, tal y como diría la “tía Luisa”.


La casa era muy grande, con dos corralones en la parte de atrás, y un patio lleno de broza, de maleza y de diversos árboles, que habían estado creciendo salvajes durante los últimos veinte años. Las paredes eran muy fuertes, al haber sido construidas a la antigua usanza, con mortero, piedra, paja y otras mil cosas. Hicieron falta dos meses y medio para talar todos los árboles, menos una centenaria higuera, y almacenar los troncos como leña para el invierno. Don Faustino, el boticario, también colaboró en la tarea, proporcionando los ungüentos necesarios para curar las heridas de las manos; y el vecino, “Miguelón para los amigos”, tampoco tenía ningún problema en robarle un par de horas al sueño todas las mañanas para ayudar a mi abuelo en la poda y desescombro.


Para el mes de septiembre, las obras estaban lo bastante avanzadas como para restaurar el tejado, y pasar allí el otoño con cierta comodidad, pues durante los primeros meses estuvieron viviendo en el mayor de los dos corrales, cubriendo el techo con una lona embreada. Grazia era una mujer de carácter fuerte y muy emprendedora, algo no muy habitual en la España de aquellos tiempos (menos aún en la sociedad rural), y se había empeñado en ayudar en todo lo posible a la colectividad, al margen de las labores de la casa y de echar una mano en las del campo, como puerta de entrada en un mundo en el que todavía se sentía extranjera. Por eso, colaboraba con otras mujeres en la confección de ropa para los más pobres, o en la limpieza de las calles y las decoraciones para las fiestas patronales, y una larga lista de actividades, que le permitieron ganarse el cariño de numerosas mujeres.


Y Massimo, mientras tanto, se encargaba primero de acondicionar los campos, que requerían por encima de todo un desbrozamiento intensivo al llevar muchos años en barbecho y luego, retirar todas las piedras que pudieran dañar el arado (al menos, aquella primera vez tuvo que hacerlo todo “a la antigua usanza”, con arado, caballo… y mucha paciencia). Fue una tarea impresionante, y con ellas tuvo material suficiente para construir, con un poco de mortero, dos grandes mojones, en el camino de acceso cerca de la carretera comarcal (que ahora se llama BA-016). La mayor fortuna consistió en el pequeño manantial que se encontraba en medio de la parcela, y gracias al cual, además de las tierras de cultivo de cereales, Massimo pudo poner en marcha una pequeña huerta, que con el paso de los meses les suministraba alimento suficiente para toda la familia, además de un pequeño remanente para efectuar el trueque con los vecinos.


Mi tía Agustina se quedaba casi todo el tiempo con su madre, pues salvo en primavera y en algunas jornadas del otoño, el clima era muy duro. Lentamente, se fueron integrando un poco más en las rutinas del pueblo, aquellas largas tardes de otoño, en torno a la mesa camilla y al brasero de picón… Las salidas en medio de la noche eran frecuentes, para comprobar si todo estaba bien en el corral de gallinas, y en el pequeño establo que cobijaba un par de vacas, cuya leche siempre era un complemento bienvenido (mi padre me hablaba de la nata, “la de verdad”, que sus padres le daban untada en una loncha de pan de hogaza, “nada que ver con estas mariconadas modernas del pan blanco sin corteza”)… Y algunos “vicios confesables”, como las tardes que pasaba mi abuelo en el Casino, jugando al dominó con otros hombres, y hablando de sus cosas, del campo, del tiempo, de los animales, y muy de vez en cuando, de las huellas de la Guerra Civil, pero nunca del conflicto, ya que el pueblo había sufrido mucho durante aquellos tiempos.


Tres años después de su llegada a Azuaga, nació mi padre… Él siempre me decía que había nacido de casualidad, porque llegó al mundo una tarde de verano (el 3 de julio de 1950, para ser más exactos) en la que mi abuelo estaba en los campos, y la única ayuda que tuvo mi abuela fue la de mi tía Agustina, que con sus cinco años era “muy espabilada y tenía ya cierta experiencia ayudando a parir… a las ovejas”, y de la “tía Luisa”, una buena mujer del pueblo, viuda de guerra y con hijos residiendo en Madrid, que solía trabajar de acomodadora en el cine…


El parto fue muy rápido, poco más de dos horas, posiblemente gracias al cocimiento de hierbas del monte que elaboró la “tía Luisa”. Mi tía Agustina también participó en el alumbramiento: cogiéndole la mano a su madre, pasándole un trapo húmedo por la frente, y sobre todo, manteniendo la calma, a pesar del miedo que sentía… Serían las dos de la tarde cuando la “tía Luisa” cogió entre sus manos el menudo cuerpecito de un varón de tres kilos, con el pelo muy negro, y unas tremendas ganas de vivir…


Cuando el abuelo Massimo regresó de los campos, se encontró con su hija, esperándolo junto a la puerta, con su hermano en los brazos… Y su mujer, en la habitación de la derecha, estaba felizmente rodeada por varias vecinas, que le daban los parabienes… Curiosamente, en cuanto cogió a su hijo en brazos, solo dijo seis palabras: “Este es el primer Golden español”. Aquél parecía ser su mayor orgullo… En tres semanas, Grazia ya se había recuperado lo suficiente para regresar a sus frenéticas actividades dentro y fuera de la casa, y no era raro verla acarreando casi siempre a mi padre, pues no tenía a nadie con quien dejarle, y lo amamantaba sin pudor alguno… En septiembre de aquél año (1950), mi tía Agustina empezó a ir al colegio por las mañanas, y no tardó mucho en convertirse en la líder de una pequeña pandilla, pues tenía una habilidad endemoniada para acertar siempre con sus proyectiles en las ramas donde se posaban los pájaros cerca del gran caserón donde las Hermanas del Santo Ángel impartían las clases… y una gran rapidez para salir corriendo las pocas veces que erraba el blanco y destrozaba una ventana…


Para ella, la mayor tortura era el llevar zapatos en el colegio, y en cuanto terminaban las clases, se los quitaba para ir corriendo a casa, y dejarlos a la entrada… Lo más curioso es que jamás pisó un clavo, o un hierro, como si una intuición especial o un pacto con un espíritu guía le indicase dónde poner los pies. En ese aspecto, ha cambiado muy poco… Todavía es un poco cabra loca, un espíritu libre, que necesita sentir la tierra, la piedra, la hierba, el barro, en una palabra, la Naturaleza bajo sus pies… De aquella manera, se instauró una especie de ritual, y los días, y los meses, pasaron… entre las clases, ayudar a su padre en el campo (aunque fuera llevándole el almuerzo, casi siempre, un chusco de pan, y un poco de queso, dentro de un hatillo), ocuparse de los animales por la tarde, y aprender sobre el uso de plantas medicinales y cocimientos de hierbas con su madre y algunas de las vecinas…


¿Qué os puedo contar sobre los primeros años de mi padre? Que era un bebé muy tranquilo, y engordaba bien… Que estaba fascinado por los dedos de sus pies, y trataba de mordérselos casi todo el tiempo… Que dormía muchísimo, de noche y de día… Aunque de vez en cuando le daban unos tremendos ataques de llanto, si uno de los gatos le traía el cuerpo de un pajarito muerto… Amparado por las mujeres de la casa, estaba a gusto dentro de un pequeño universo protector… que sin embargo se rompía cada tarde, cuando el abuelo regresaba a casa y, sorprendiéndole casi siempre, le lanzaba al aire, y le cogía al vuelo, entre mil carantoñas…


Aquellos vuelos sin motor, que terminaban entre los brazos de Massimo, son una de las cosas que se quedaron grabadas con más fuerza en su memoria… Sobre todo, la única vez que falló en el lanzamiento… “Era una tarde del mes de octubre, a mis cuatro años, no paraba de moverme, de hacer trastadas en la casa, y cuando llegó mi padre, le pedí que me lanzase al aire, una vez más, en el patio… Quizás mi padre estaba ya empezando a cansarse del juego, o aquél día había sido más complicado de lo habitual en los campos, o yo le estaba dando mucho la lata… El caso es que me lanzó hacia lo alto sin mirar… con fuerza… y se dio cuenta de que yo no bajaba… Al mirar hacia arriba, me vio enredado entre dos gruesas ramas de la añosa higuera… Iluminado por las luces de la casa, solo se veían mis piernecitas, y los zapatos… A mi padre le dio por reírse, a mí también, incluso estando colgado a más de dos metros de altura (yo pesaba muy poco, y mi padre era casi un gigante, acostumbrado a las labores del campo)… Tuvieron que pedir prestada una escalera a Miguelón, nuestro vecino, para bajarme…”


Mi padre era una persona muy sensible, a veces demasiado para tratarse de un zagal de campo. No entendía el concepto de la muerte, por eso, se ponía muy triste cuando de alguna manera tenía que hacerle frente. En el pueblo siempre tuvieron gatos, en casa, en el campo, a veces incluso siete u ocho a la vez, cuando las morrongas se ponían de parto, y solo se quedaban con uno o dos de cada camada; los demás o bien los regalaban a los vecinos cuando ya estaban destetados, o los soltaban en el campo (aunque otras veces, los mataban, y casi siempre era el abuelo quien se encargaba de hacerlo, con su barreño de plástico lleno de agua).


También tuvieron una dinastía de pastores alemanes, el más grande de todos se llamaba Sol, un cruce de perro lobo… Era un perro extremadamente fiel, pero super protector con los más pequeños de la familia. Era de carácter noble, y una fortaleza descomunal: en el pueblo, todavía se recuerda la ocasión en la que el abuelo había quedado a tomar algo con los amigos en el Casino, dejando a Sol en la puerta de la calle, que era de cristal grueso… A Miguelón se le ocurrió pedirle que lo llamara, mi abuelo lo hizo… y Sol atravesó el cristal de la puerta, dejando su silueta perfectamente recortada… mientras Massimo y Miguelón se hacían los locos… Sol terminó su andadura trabajando con la Guardia Civil, en la Unidad Canina, y varios de sus hijos siguen prestando sus servicios en el Cuerpo…


Lo que mi padre no podía comprender era la necesidad de comerse a los animales que él mismo alimentaba cada día… Los huevos no le daban pena, porque de alguna manera, no los asociaba con las gallinas (a todas ellas les ponía nombre: Petra, Dori, Candelas…), hasta que un buen día asistió al nacimiento de un pollito, comprendiendo de esa manera que se los estaba comiendo… La experiencia más traumática fue cuando criaron un chivito (al que llamaron Copito de Nieve), que al empezar a desarrollar los cuernos, cogió la manía de emprenderla a topetazos con toda la familia… Mi abuelo lo mató, y se lo comieron con los vecinos… mientras que mi padre los miraba desde lo alto de la higuera, a la que había terminado cogiendo mucho cariño desde aquél vuelo…

En 1957, era un zagalín bastante trasto, muy inquieto, que hablaba con fluidez, y que descubrió su gran pasión, la mecánica, por accidente: nunca mejor dicho, porque tiró al suelo el gran reloj que su padre había traído de Italia…